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Esta es nuestra crítica del concierto que ofrecieron los alemanes Lali Puna hace unas semanas en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia. La foto de Valerie Trebeljahr es de María Carbonell.

 

Trece años después

 

Como suele ocurrir cada vez que la prensa da con una etiqueta coyuntural, ver a Lali Puna a estas alturas equivale a certificar que su música ha envejecido mejor que la propia formalidad estilística que les acuñó: eso de la indietrónica ha quedado ya muy atrás, entre otras cosas porque entre los ingredientes de su receta también pesó siempre la sombra de una banda tan enorme a inclasificable como Stereolab. Pero su combinación de ingenio metronómico y emotividad melódica, su forma de atenazar estribillos ensoñadores entre su burbujeante ingeniería rítmica de clicks & cuts, sigue luciendo sin que la fórmula amarillezca. La calma con la que los alemanes se han tomado las cosas en los últimos tiempos – solo dos álbumes en los últimos 18 años – y la marcha de su teclista y programador Marcus Acher (vértice esencial del proyecto, también en The Notwist) no han arruinado su discurso, si bien esto último se ha hecho notar en un nuevo trabajo – Two Windows, 2017 – demasiado lineal, que les aleja del molde clásico de canción para primar las texturas en compañía de socios como Dntel o Keith Tenniswood (Two Lone Swordsmen), como si el tiempo se hubiera detenido hace tres lustros.

Por suerte, en su directo dosifican con acierto su contenido (comenzaron con “Two Windows” y “Wonderland”, dos de sus mejores nuevos cortes) entreverándolo con el fabuloso póker de Faking The Books (2004), el que aún hoy sigue siendo su mejor trabajo: la impetuosa “Micronomic”, la hipnotizante “Grin & Bear”, el traqueteo motorik de la evanescente “Call 1-800 Fear” y la desarmante y engañosa fragilidad de “Left Handed”, que junto a rescates aún más lejanos, como “Don’t Think”, redondearon lo mejor de una noche repleta de energía positiva, con un público tan entregado (y tan lenguaraz, entre la jarana de sábado noche y el reencuentro post estival: si llega a ser un acústico los germanos no vuelven) que hasta disculpó con algarabía que Valerie Trebeljahr se hiciera un enorme embrollo al final del bis, tratando de reanimar sin éxito una canción cuyo desarrollo debía dormir en algún rincón de su memoria. Fue la simpática nota de despedida a un concierto muy bien tramado, que mostró equilibrio entre lo electrónico y lo orgánico (imponente su batería, Cristoph Brandner) y refrendó la consistencia de un repertorio que no merece olvido, pese a que nuestro atropellado presente tienda a arrinconar a cualquiera que no despache discos cada dos o tres años. Trece primaveras después de su última visita a la ciudad, Lali Puna retienen el mojo.

Carlos Pérez de Ziriza.

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