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Reproducimos a continuación el artículo que publicamos hace unas semanas en la Cartelera Turia, dentro de su especial sobre mayo del 68, en torno a algunos de los discos que se publicaron durante aquel año.

 

1968, la convulsa transición entre dos mundos, que nos dejó un puñado de discos memorables

 


Como corresponde a cualquier efeméride cuyo eco nos llega ya filtrado por la neblina del paso del tiempo, mayo del 68 se debate entre la férrea idealización de una generación que lo vivió en primera persona – y desde la afinidad de espíritu, digamos – y el escepticismo de generaciones posteriores que, de una forma o de otra, han vivido sujetas a otras formas de rebelión generacional, si es que algo parecido aún es posible. Quizá en el término medio se sitúe la virtud, como en casi todo. Y así como el 15-M español – por trazar un paralelismo mucho más cercano – se evaporó en cuestión de unos días pero nos dejó un legado que se revela en muchas de las movilizaciones ciudadanas del presente, hay toda una herencia de valores que han pervivido (de un modo o de otro) como trasunto de aquella primavera de hace cincuenta años.

En términos musicales, también fue 1968 un año de ambivalencias, un periodo bisagra: justo entre el auge de la psicodelia, el hippismo y el año del primer verano del amor (1967) y el sombrío ocaso de la década prodigiosa y el desasosegante fin de su inocencia, marcados por los incidentes de Altamont o los crímenes de la familia Manson (1969), aquel año al que cantaba un emergente Iggy Pop al frente de Stooges, sembrando – junto a MC5 – la ponzoñosa semilla que acabaría engendrando el punk a finales de los turbios setenta. Entre ambos extremos, un año, el 1968 (también entre el cénit del festival de Monterrey que encumbró a Jimi Hendrix, en el 67, y la enorme congregación de Woodstock en el 69), en el que se facturaron discos prodigiosos, algunos perfilados como joyas de una lisergia tardía, otros configurados como mundos aparte, y otros como avanzadilla de lo que aún estaba por llegar.

Entre los primeros, los que aún se nutrían de los estados alterados de la mente que tan bien habían pulido los Beach Boys, los Beatles o los primeros Pink Floyd en temporadas anteriores, es obligado citar el Odessey and Oracle de los Zombies, tan injustamente soslayado quizá por su condición de psicodelia tardía, en una época en la que las tendencias musicales se sucedían a ritmo de vértigo. En sintonía con él, el tropicalismo brasileño facturaba uno de los mejores frutos de su primera etapa con el debut de Os Mutantes.

Entre los segundos, esos trabajos que se sitúan voluntaria y conscientemente al margen de modas y coyunturas, aprovechando el sesgo liminal de los tiempos que navegan entre dos tierras, el primer álbum en solitario de Van Morrison, el prodigioso – y nunca igualado – Astral Weeks ocupa un lugar preferente por su forma de triturar cualquier referencia al pop, al jazz o al folk en un lenguaje prácticamente nuevo, que solo respondía a su propio instinto. Una especie de milagro hecho disco.

Y entre los terceros, esos discos que ya empezaban a anunciar un tiempo nuevo y que engrosan un abultado capítulo de lo que fue 1968, no podríamos dejar de lado el abigarrado White Album de los Beatles, la cima alcanzada por Jimi Hendrix (y el principio de su vasta influencia, hasta Prince, Living Colour o Lenny Kravitz) con su Electric Ladyland, la madre de todos los supergrupos habidos y por haber con Cream y su Wheels of Fire y con el debut homónimo de Traffic, el germen del country rock con el Sweetheart of The Rodeo de los Byrds (en colaboración necesaria con el pionero Gram Parsons), la madurez de ese cronista británico por excelencia que es Ray Davies y sus Kinks del Village Preservation Society, la fiereza de unos Velvet Underground sin domesticar en White Light/White Heat (tan influyente luego en varias generaciones de rock alternativo) o la vuelta al tradicionalismo norteamericano que proponían The Band en su Music From Big Pink, en una senda que sería también explotada, con mucho más éxito, por Creedence Clearwater Revival o – desde presupuestos más desnudos y más anclados al countryJohnny Cash con su directo en la cárcel de Folsom. Aunque si hay un disco que suena a 1968 por todos sus surcos, ese es el Beggars Banquet de los Rolling Stones, con sus devaneos psicodélicos ya defintivamente aparcados y con títulos tan definitorios de su época como “Street Fighting Man” o “Sympathy for the Devil”.

El mayo francés inspiró un puñado de canciones, especialmente en el país vecino – como es lógico – a cargo de músicos como Georges Moustaki, Jacques Dutronc o Leo Ferré, que influirían en los cantautores españoles de los años 70 (casi todo llegaba con evidente retraso a la España del desarrollismo franquista), pero la sombra de 1968 es tan alargada, su espíritu de brecha en el relato de la música popular tan visible, que reducir su influjo a unos meses de duración o a una escena localizada sería como intentar divisar un hito kilométrico a un lado de la carretera con unas lentes de presbicia. El signo de aquel tiempo permeaba en todo. También en sus discos.

Carlos Pérez de Ziriza.

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