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Reproducimos el texto que hemos publicado en la Cartelera Turia con ocasión del inesperado fallecimiento del cotizado DJ sueco Avicii

 

Visto con cierta perspectiva, no debiera extrañarnos tanto la inesperada muerte de Tim Bergling, nombre real del DJ sueco que fue encontrado muerto hace unos días en Mascate (Omán), con tan solo 28 años. Hace tiempo que los disc jockeys han ocupado el hueco que antes correspondía a las estrellas del rock en el devocionario particular del público que ronda entre los 15 y los 30 o 35 años, salvo contadísimas excepciones. El rock entendido como un fenómeno de masas apenas concierne a grandes dinosaurios (U2, Rolling Stones), prácticamente los únicos capaces de congregar a decenas de miles de personas – padres de familia, en su mayoría – en un estadio de fútbol al son de las guitarras eléctricas, con lo que era cuestión de tiempo que la electrónica de sesgo comercial que pregonan figuras como David Guetta, Calvin Harris, Steve Aoki o el propio Avicii (la llamada EDM, que es la forma en la que los norteamericanos – que carecieron de cultura rave y de bandas como Chemical Brothers, Orbital o Prodigy – han globalizado una electrónica muy de máximo común denominador) acabaran cayendo en los mismos tics que el pop y el rock de toda la vida. Entre ellos, la cultura del exceso, azuzada por los millonarios cachés de su élite: Tiesto, Skrillex, Martin Garrix, Diplo o The Chainsmokers (estos últimos, el fenómeno reciente más parecido al del sueco) integran un club del que también formaba parte Avicii. Muchos de ellos, auténticas máquinas de hacer dinero, con menos de 30 años. Cotizadísimos cabezas de cartel en festivales masivos. Según el caso, demasiado parné como para poder asimilarlo sin perder la cabeza. De hecho, el sueco había decidido retirarse del mundo de la música y bajarse en marcha de su inmisericorde tren de vida hace un par de años: en el verano de 2016 ofreció su última y multitudinaria sesión, en Ibiza. Y tan solo amagó con volver para un EP durante el año pasado. Con todo, y a falta de un dictamen concluyente sobre su muerte, parece evidente que los problemas de salud que arrastraba tenían mucho que ver con la vorágine de giras y con la vasta capacidad adquisitiva de su chequera.

Influido por Daft Punk y sus paisanos Swedish House Mafia, el productor y DJ sueco proponía un concepto de la electrónica muy poco – o nada – disruptivo, en el que la herencia del house, algunos tótems del soul y figuras de la aristocracia pop aparecían con frecuencia en sus composiciones, ya fuera mediante sampleados o colaboraciones. Todo bien licuadito al gusto del consumidor medio, eso sí. Rindió tributo – a su manera – a leyendas de la música negra como Etta James o Nina Simone mediante versiones o apropiaciones de fragmentos de sus canciones y se alió con Chris Martin (Coldplay), Jon Bon Jovi, Wyclef Jean, Matisyahu, Aloe Blacc o Billie Joe Armstrong (Green Day) para dar forma a algunos de los cortes que integraban sus dos álbumes, True (2013) y Stories (2015). También se erigió en reclamo de veteranas megaestrellas necesitadas de cierta inyección de coolness: formó parte del equipo de productores de Rebel Heart (2015), el último disco de Madonna hasta la fecha, pero lo cierto es que su huella dejó menos marca que las de Diplo o Kanye West. Según un tabloide sensacionalista británico, no por deseo suyo: fue la ambición rubia quien desvirtuó las maquetas iniciales que había pulido junto al sueco, dijeron, pero este extremo fue luego desmentido por el propio Avicii. Sea como fuere, su aportación – mayor o menor, notoria o insignificante – al relato reciente de la música pop ya es historia, y su perfil encarna la primera gran baja de fuste de esta forma tan maximalista (en nada ajena a la exaltación del sentimentalismo de las redes sociales) y transversal de entender la música de base electrónica, casi a la misma edad de aquel recurrente club de los 27 (Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain o Amy Winehouse) que engrosa un infausto capítulo propio en la historia de la música popular de nuestra era.

Carlos Pérez de Ziriza.

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