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Reproducimos nuestra crítica íntegra del último álbum de The Primitives, cuyo contenido reducido puede leerse en la web de la revista mensual Mondosonoro, directamente en este enlace.

THE PRIMITIVES-“Spin-O-Rama” (Elefant)



Seguramente quepan más matices, pero dos posturas se imponen ante este continuo reflujo de idas y venidas desde la noche de los tiempos en el que andamos inmersos: sumirse en el hartazgo provocado por regresos que prácticamente nadie demanda o tratar de extraer chispazos de excitación que nos hagan revivir la ilusión de los veinte años (si es que llega), cuando el efervescente bubblegum pop de bandas como The Primitives nos hacía creer en la idea de que todo era posible, en que aún casi todo estaba por inventar. Escuchando este “Wednesday World”, es más que probable que ambos extremos de la balanza acaben por tocarse sin incurrir en contradicción. “Echoes and Rhymes” (2012) no despejaba la incógnita: mostraba la foto de una banda que volvía rozagante pero aupada en repertorio ajeno, sin que pudiéramos testar si ese jangle pop británico manufacturado con puntería desde el efecto divulgador de la cinta C-86 (y ya algo exangüe un lustro después) pasaba tan tardía ITV. Por el contrario, este disco sí da la medida actual de las posibilidades de Tracey Tracey y los suyos. De hecho, podría haberse publicado justo donde “Galore” (1991) les dejó, y nadie advertiría las más de dos décadas transcurridas.

En su interior hay 11 canciones en algo menos de media hora, para no desmentir el axioma de que tres minutos se bastan y sobran para prender la magia del pop indeleble, entre las que no escasean los estribillos prístinos y radiantes (“Lose The Reason”, “Dandelion Seed” o el tema titular), los accesos de psicodelia (“Purifying Tone” o “Wednesday World”, ambas con Paul Court a la voz, o “Velvet Valley”) y algunas de esas melodías angelicales marca de la casa, como el reprise de “Let’s Go Round Again”, que parece jugar con la propia circularidad del eterno bucle retro alimenticio en el que vivimos, como justificándolo. Hay oficio, claro. Destreza para no emborronar el currículo e incluso mantener algunas de sus propiedades intactas. Pero suena todo tan formulista que la digestión es rápida, sacia al instante y no genera acidez. Tampoco, ay, demasiadas ganas de repetir.

(seis estrellas)

Carlos Pérez de Ziriza
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