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Esta es nuestra crítica de “Record”, el cuarto álbum en solitario de Tracey Thorn, que apareció publicada hace unas semanas en la revista Mondosonoro.

 

Dispersa en los últimos tiempos entre bandas sonoras por encargo, álbumes de versiones de material ajeno, colaboraciones de postín (imponente su dueto con Jens Lekman del año pasado) y una incipiente faceta literaria que – afortunadamente – no tiene pinta de remitir, la actividad de Tracey Thorn había cobrado unos visos de intermitencia que alimentaban el apetito de cualquier seguidor de Everything But The Girl. Los dos últimos trabajos de Ben Watt ayudaron a mitigar el anhelo, si bien cifraban su encanto en la vis más acústica de la pareja, aquella que siempre tuvo el radar puesto en la herencia folk, jazz y soft rock de los años 70.

El cuadro no podía estar completo hasta que Tracey despachase una nueva colección de canciones, por cuanto en ellas casi siempre ha primado el equilibrio entre cierta ligereza provista para la pista de baile y esas viñetas de melancolía otoñal marca de la casa: en esencia, el rango de emociones que ambos exprimieron desde que se conocieron en la Universidad de Hull a principios de los ochenta hasta que decidieron priorizar su vida familiar y dosificar cualquier nuevo trabajo desde principios de los dos mil.

Este, su quinto álbum en solitario (cuarto de composiciones propias), no solo no supone una excepción, sino que además expone sus argumentos con jovial desenfado, en canciones breves y directas, de títulos sencillos y textos transparentes, con la explicitud que esgrime ya desde su propio título (Record) y la fiabilidad que otorga contar de nuevo con Ewan Pearson, su productor de cabecera. Ella misma lo define como un álbum de cierta liberación, el fruto maduro que surge tras haber hecho las paces con su pasado (desnudas en negro sobre blanco) y no tener que rendir cuentas a nadie. Muy lejos ya de la reflexión de mediana edad en torno a la vida en pareja que alumbró el taciturno y ya lejano Love and Its Opposite (2010).

Y así se desenvuelve, entre abiertas declaraciones de intenciones en clave de distinguido pop electrónico (el estupendo single “Queen”, la irrebatible “Dancefloor”) y brumosas apelaciones a una morriña certeramente tamizada, como “Smoke” o la sublime “Face”: lo más emotivo en todo su minutado, desarmante oda al invasivo postureo sentimental de las redes sociales, de efecto a veces devastador. A modo de interludio, destacan los ocho minutos largos, regidos por efluvios dub e impulsados por la sección rítmica de Warpaint (Jenny Lee Lindberg y Stella Mozgawa) y los coros de Corinne Bailey Rae de “Sister”. Tan solo un par de apuntes de cierta obviedad (“Air” y “Babies”) rebajan un poco el listón de un álbum que, no obstante, retiene intactas sus proverbiales señas de identidad y se las apaña para – con concisión – no bajar del notable.

Carlos Pérez de Ziriza

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