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Reproducimos nuestra crítica de lo que ocurrió hace poco más de una semana en “Un Día Tranquilo”, la cita con cinco grupos que organizó la promotora Tranquilo Música en La Rambleta de Valencia, con Mercury Rev, The Monochrome Set, La Plata, Masego y Findlay, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia. La foto es de María Carbonell.

 

No albergaba la palabra mágica en su enunciado (“festival” o, en su versión más cool, “fest”), pero el programa que la promotora Tranquilo Música se sacó de la manga – con visos de continuidad – para el penúltimo viernes de septiembre en Rambleta es la mejor conjunción de bandas (de pop, de rock o de cualquier derivado) que comparecerá en Valencia a lo largo de todo el año. Un festival, sí, con todas las de la ley. Aunque solo fueran cinco nombres. Ecléctico y de calidad. Con presencia británica, norteamericana y valenciana. Masculina y femenina. Veterana y emergente. Negra y blanca. En la intimidad del auditorio y en el bullicio del sótano junto a la terraza. Y mayoritariamente integrado por músicos que apenas se dejan caer por la ciudad. Es muy probable que alguno de ellos no vuelva.

A Mercury Rev llevábamos 13 años sin verles por aquí. En aquel Wintercase de 2005, eran ya una banda más sinfónica que psicodélica, más ampulosa que emotiva. Tenían la brújula extraviada. Y la cosa no mejoró en posteriores giras. Sorprendentemente, la reiterativa concesión a la nostalgia que se han marcado en clave semiacústica (ojo, sin batería pero con Grasshopper y otro secuaz a la guitarra eléctrica: había algo de trampa) ha rescatado lo mejor de sí mismos: reduciendo las canciones del emblemático “Deserter’s Songs” (1998) a la esencia que las vio nacer, liberadas del efecto cinemascope y del tintineo a lo Disney, su contenido recobró la emocionante ternura con la que fue alumbrado por un puñado de músicos que entonces se sentían al borde del desahucio creativo, necesitados de un golpe de mano con el que redirigir su carrera. Ni siquiera las largas explicaciones de Jonathan Donahue entre canción y canción resultaron redundantes. Todo lo contrario. Fue el suyo un bolo de una belleza casi hiriente, con impresionantes relecturas de “Holes”, “Delta Sun Bottleneck Stomp”, “Tonite It Shows” o “The Dark Is Rising” (rescatada de “All Is Dream”), aderezadas con sus logradas versiones de Pavement (“Here”) y Sparklehorse (“Sea of Teeth”). En lugar de apelar a una infancia idealizada, Mercury Rev entablaron contacto directo con nuestros yos de hace veinte años, y dejaron al personal hipnotizado en sus butacas mientras rumiaban aquello – ya era hora – de que grandeza y grandilocuencia no necesitan ser sinónimos.

La otra cita con la historia quedaba reservada para los británicos The Monochrome Set, quienes cumplieron sobradamente con las expectativas luciendo ese inequívoco porte que les distingue desde hace 40 años, siempre con la reconocible voz de Bid al frente. Tan excéntricos como su mala estrella comercial evidencia, tan influyentes como incapacitados para sobreponerse al eterno sambenito de banda-preferida-de-otras-bandas-más-célebres. Entre el vodevil típicamente británico y ese precoz indie pop – también muy británico – al que dieron carta de naturaleza, pero siempre viviendo en su propia e intransferible órbita: eso no deja de ser una bendición para el oyente, por mucho que a veces rocen un inspirador caos controlado o que ninguna de sus canciones pueda competir jamás con las cimas de The Smiths, Franz Ferdinand, Belle & Sebastian, The Wave Pictures o cualquier otra formación a la que puedan haber influido. Poco importa. “Jet Set Junta”, “Eine Symphonie des Grauens”, “Alphaville” o la final “Goodbye Joe” sonaron a las mil maravillas.

No llegamos a tiempo de ver el tempranero set de la británica Findlay (quienes sí lo hicieron se sorprendieron gratamente), pero sí al jamaicano-estadounidense Masego en lo que fue un delicioso contraste con el resto de propuestas: sonido orgánico y banda al uso – batería, bajo, teclados, dos coristas – para una insolente emulsión de r’n’b con especias de jazz y hip hop (ni rastro de trap) que resultó de lo más oxigenante, aunque la rebaja en la edad media (y la merma) de gran parte de la parroquia que se agolpaba ante el escenario evidenció – una vez más – que en Valencia lo de la música negra es la historia de un largo desencuentro. Cerraron la noche con el mismo descaro los valencianos La Plata, tan huracanados como siempre, con un directo más que rodado a lo largo de todo el año en toda clase de citas, y manteniendo la misma frescura – ese post punk fibroso con cuajo generacional, que hace que lo viejo vuelva a sonar nuevo y excitante – que les ha hecho ser una de las revelaciones estatales del 2018.

Carlos Pérez de Ziriza

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