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Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció Alejandro Sanz hace un mes en la Plaza de Toros de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia de esta semana.

Visitas por victorias

Alejandro Sanz, en una imagen de un concierto de 2015.
Al igual que sucede con Miguel Bosé, las visitas de Alejandro Sanz al coso taurino valenciano se cuentan por victorias. Da igual que potencie el contenido meloso de sus shows, o que realce esa veta epidérmicamente funk que ha pulido con Sirope (2015), el que fuera su último disco. Cada nuevo concierto suyo cuenta en el beneplácito incondicional de su parroquia. Lo más sorprendente de su concierto, apenas menos de un año después de su última visita al mismo recinto, fue el comienzo: irrumpiendo por un lateral del escenario en compañía del resto de la banda, mientras el coro Safari de Uganda (con quienes ha estado colaborado con fines benéficos) convertía el escenario en una fiesta polirrítmica, tras una versión lightdel “No dudaría” de Antonio Flores.
Tras ellos, el guiño funkal ritmo de unaintroinstrumental en la que la banda al completo exclama Siropecon la misma cadencia que el “Get Up” del “Sex Machine” de James Brown, y luego ya la batería de éxitos, con un pie en el presente y otro en el pasado: “El silencio de los cuervos”, “La música no se toca”, “Mi soledad y yo”, “Amiga mía”, “Corazón partío”… y así hasta llegar al bis, con el recuerdo a la lejanísima “Viviendo Deprisa” y a esa “Pisando Fuerte”, casi en clave máquina. Fue el mismo Alejandro Sanz de siempre, marcándose el tradicional guiño flamenco a Lole y Manuel (“De color”) pero también dotando a su sonido de una bienvenida negritud, poco novedosa pero muy apta para barnizar su cancionero con esa pátina de respetabilidad adulta que tanto se lleva (su público también crece) y no excediéndose con la melaza romanticista. Y triunfando entre los suyos sin la menor reserva, claro.

Carlos Pérez de Ziriza.
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