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Esta es nuestra crítica del concierto que ofrecieron Boss Hog hace unas semanas en la sala 16 Toneladas de Valencia, tal y como se ha publicado en el número de la Cartelera Turia que se pone hoy viernes a la venta.

 

Pólvora aguada

 

Échenle la culpa al frío ambiental de una sala bastante menos poblada de lo que sería menester, a la reproducción mecanicista de un credo que dio lo mejor de sí mismo hace ya unos cuantos lustros o a la falta de volumen de una sonorización que corrió por cuenta de su propio equipo. El caso es que el concierto de Boss Hog se saldó con el expediente meramente resuelto, pero lejos de la exhibición que casi todos esperábamos tras años sin catar un directo que antaño resultaba volcánico. Apenas comenzaba la noche en entrar en ebullición (la siempre magnética e insinuante “Whiteout”, por poner un ejemplo, con los coros de la batería Hollis Queens), no pasaban ni un par de minutos hasta que tocaba resignarse a que aquello no alcanzara altura de vuelo.

La pareja que forman Jon Spencer y Cristina Martínez retiene ese mojo que les valida como licuadores de la tradición del punk, el blues o el funk, a la que filtran bajo ese precepto tan elástico que tiene en sus gomosos teclados (y en el sesgo radiable de algunos de sus temas) su mejor expresión, pero su música acabó por sonar como si el paso del tiempo la hubiera domesticado, sin asomo de la inquietante y adictiva sensación de peligro que irradiaban en su mejor época. Tampoco lo escueto del show – poco más de una hora – contribuyó a encajar su concierto como algo más que un cumplido trámite. Lo más negativo, con todo, es que cundió la sensación de que su fórmula no ha envejecido demasiado bien. O al menos ha perdido esas propiedades que hacían de su traducción al directo algo imprescindible.

Carlos Pérez de Ziriza.

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