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Esta es nuestra crítica del concierto que Doctor Divago ofrecieron hace unas semanas en la sala Loco Club de Valencia, tal y como fue publicada en las páginas de la Cartelera Turia. La foto es, como de costumbre, de María Carbonell.

 

Paisaje y paisanaje

 

Ocurre prácticamente con todos aquellos elementos de forman parte desde hace años de nuestro paisaje habitual: estamos tan habituados a ellos que muchas veces no reparamos en su presencia. Doctor Divago llevan al pie del cañón desde 1989, en leve pero constante progresión. Acaban de facturar un álbum (Alquería Frailes 13) que, si no es el mejor de su carrera, poco le debe faltar (en esto se parecen también mucho a Señor Mostaza: cada nuevo paso puntúa un palmo por encima del anterior, sin grandes giros argumentales) y cuentan con una base de impenitentes fieles que no se pierden uno solo de sus conciertos. Pero está más que asumido que el techo de cristal que aboveda su repercusión – desde hace ni se sabe – es como uno de esos vidrios dobles de seguridad que resultan imposibles de resquebrajar. Y ya da igual lo que hagan. Al final, tantos sus conciertos como sus discos – o como esta misma crítica – acaban siendo pasto de consumo interno. Más o menos. 

La realidad es que, franqueada la barrera de los 25 años, siguen siendo una banda de rock como la copa de un pino. Siempre retorciendo las melodías a pleno antojo (no son de quienes se obsesionan por reeditar destellos tan diáfanos como “La habitación de Charo”), poblando sus canciones de una lírica tan rica como inquietante y, sobre todo – y es lo que más se agradece en directo – mostrando su habilidad para sacar lustre a algunas de las esquinas más insospechadas de su opíparo repertorio, como ocurrió con el rescate de gemas como “Rock and roll coagulado” o “Pondré los ojos en blanco”. Mostrando nuevos vectores a estas alturas de su carrera. ¿El concierto? Sólido, solvente, estupendamente engrasado. Generoso, de los que brindan madera de clásico. Y aunque hace tiempo que – claro – eso ya en su caso no es noticia, no por ello vamos a consignar sus prestaciones en ese desagradecido cajón de sastre que confunde paisaje con paisanaje.

Carlos Pérez de Ziriza.

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