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Nos hacemos eco de la crítica del extraordinario concierto del norteamericano Ezra Furman hace unos días en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia de esta semana. 
Ezra Furman-Espai Rambleta

Animal de rock and roll


Ezra Furman sobre las tablas de La Rambleta: la teoría del caos, o cómo comerse el escenario a golpe de tradición rediviva (Foto: Fran Calabuig)
Puede que el joven y electrizante músico de Chicago sea un individuo estrafalario y mercurial, pintón y caprichoso, pero eso también redunda en su cualidad de animal de escenario, carne de rock and roll palpitante y eterno. Del que no entiende de renuncios, del que no se arredra ni ante una decena, una centena o un millar de fieles. Su concierto en La Rambleta fue como subirse a una montaña rusa con el arnés metálico en perpetua flojera y las pendientes sucediéndose, combadas por una inclinación en aumento, con el vértigo ya en -nunca mejor dicho- caída libre. Recordó por momentos a otra velada mágica en el mismo lugar aunque con bastante menos público: aquella otra noche entre semana, hace un año y medio, en que su paisano Kelley Stoltz nos volvió a recordar la inapelable rotundidad del pop y el rock clásicos cuando se facturan con la contundencia de una pedrada. Con tal ímpetu que da la sensación de que ellos mismos han inventado un modus operandicon décadas de recorrido, tan manoseado durante décadas que se antoja inverosímil que nos vuelva a remover otra vez las tripas.
El concierto de Ezra Furman podía haberse alargado una hora más, y nadie se hubiera aburrido. Siempre con ese punto justo de oficio y de imprevisibilidad, como si caminara por el alambre: su actual banda, The Boyfriends, ha de estar perfectamente sincronizada con su hirviente trasiego escénico, mención especial para su excepcional saxofonista Tim Sandusky, valor añadido del combo. Con esa voz que parece el maullido de un gato callejero al que le hubieran pisado el rabo, Furman prescindió de su producción primeriza junto a The Harpoons (tres discos, con melodías tan contagiosas como “Take Off Your Sunglasses”) para primar el contenido de los tres discos que ha editado a su nombre desde 2012, y deslizarse por una bacanal de rock and roll andrajoso (“I Wanna Destroy Myself”), pop juguetón (“Restless Year”, “My Zero”), doo woop lunático (“Lousy Connection”), baladas crápulas (“Day Of The Dog”, “Bad Man”), swing desbocado (“Maybe God Is a Train”) y descaro glam (“Haunted Head”). Un vendaval con nombre propio.

Carlos Pérez de Ziriza.
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