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Reproducimos la crítica del concierto que Flesh For Lulu ofrecieron en la sala Spook de Pinedo (Valencia), tal y como se ha publicado en el número de la Cartelera Turia que sale hoy a la venta en kioscos y librerías.
Flesh For Lulu-Spook

Luz al final del túnel

Flesh For Lulu: resucitando con entereza y canciones inoxidables, más allá de modas.
A diferencia de otras sensaciones de temporada cuyos argumentos quedaron caducos con los estertores de los 80, hay algo en la música de Flesh For Lulu que aún preserva incólume todo su poder de atracción. Su circuito es el de las viejas glorias de aquella década, sí. Pero contrariamente a los frecuentes especímenes cuyas visitas hacen las delicias de parte de una generación cuya visión de la música pop se quedó criogenizada en aquella época (sí, ese fenómeno tan valenciano), su proverbial asunción de desparpajo glamen coyunda con la fibra post punkbien debería garantizarles una valoración que no tenga en cuenta coordenadas temporales ni muchas acotaciones genéricas. Porque sus canciones aún lo tienen. El jubiloso fulgor del estilo que acuñó Marc Bolan. El rijoso descaro de los New York Dolls. La mala semilla que con los años germinaría en el sleazy rock, que creció en paralelo a ellos. La habilidad para proyectar sombras lejos de la caricatura. Y, sobre todo, la capacidad de tejer estribillos memorables sin dejar de sonar genuinamente amenazantes. Rebosantes de una ponzoña exultante y orgullosa. Como solo el mejor rock and roll, imperturbable, debe proyectar su legado al futuro. Su actuación, por cierto, fue prologada por el hard rock de los valencianos The Phantoms (antiguos Phantom Lord), quienes aprovecharon para recuperar una de sus ya añejas versiones de Parálisis Permanente (“Un día en Texas”).

Lo que era más difícil de esperar, a tenor de su extemporánea reunión de 2013 y de la reciente recuperación de Nick Marsh de una operación de garganta para erradicar un cáncer, es que conservaran la aptitud para sonar tan lozanos. Tan solventes y saludables. Y más cuando este era el primer concierto desde su convalecencia, y único en nuestro país (primero en Valencia desde hace más de 20 años). Nos comentaba el propio Marsh, solo un día antes del concierto de Spook, que aguardaba la cita con una mezcla de ilusión y cautela. Aún tenía ciertas molestias en la mandíbula. Pero nadie lo hubiera dicho viéndole sobre el escenario de la sala de Pinedo, notablemente secundado por la guitarra del experimentado Will Crewdson (sobre todo), el bajo de Keith McAndrew y la batería de Mark Bishop. Una formación perfectamente engrasada, aunque diste de la original. “Restless”, “Postcards From Paradise”, “Cat Burglar”  y tantas otras sonaron con su particular brillo. Sin óxido, sin grietas. Con sus cualidades intactas, como si el tiempo apenas hubiera avanzado. Incluso presentaron un tema de nueva factura, que no desentonó. Puestos a desechar algo, seguramente les sobró el call and response con la inefable “I Go Crazy”, para alborozo de un público talludo que, no obstante, comparte con la chiquillería esa necesidad compulsiva de inmortalizar el momento a toda costa (dichosa marea permanente de móviles). Con todo, fue una hora larga de ensueño absoluto.

Carlos Pérez de Ziriza.
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