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Esta es nuestra crítica del concierto que GospelbeacH y Daniel McGeever ofrecieron hace unos días en la sala Loco Club de Valencia, publicada en las páginas de la Cartelera Turia. La foto es de Juan Limousine.

 

Y se hizo la luz

 

 

En uno de esos inesperados programas dobles en los que el telonero prácticamente se come a un protagonista con mucho más cartel y trayectoria en el zurrón, lo de Daniel McGeever en el Loco Club fue una suerte de revelación. Más solo que la una – con su guitarra acústica – , sentado al piano o acompañado de banda al completo, el escocés (ex componente de los exquisitos The Wellgreen) acreditó una pasmosa habilidad para recrear un pop clásico y a la vez inmarcesible, de ese que ya no volverá a cotizar nunca en el mercadeo de tendencias pero requiere una sensibilidad melódica a la que hay que saber inyectar buenas dosis de alma, aunque sea a costa de merodear los foros de los últimos (románticos) de Filipinas. Su tiempo no es el nuestro. Ni el de nadie. Es solo suyo. O es más bien el que no necesita almanaques ni agendas. Porque canciones como “Julia”, apertura de su único álbum en solitario, son instantáneos e irrebatibles clasicazos. En la tradición que marcaron Paul McCartney, Donovan o Elton John hace más de cuarenta años.

Como aún bajando de la nube, la concurrencia se enfrentó a la estupenda faena de aliño de Brent Rademaker (ex Beachwood Sparks y The Tyde) y el resto de su troupe de experimentados músicos, más que meritoria pero inevitablemente – sí, las comparaciones son odiosas, pero es lo que tienen los conciertos dobles – disminuido en finura por la demostración de delicadeza anterior. Oficio más que probado, inclinación por el pop de la costa oeste en casi todas sus variantes, entusiasmo – y ganas de contagiarlo al público – y canciones como soles, las de sus dos discos: esas fueron las armas de GospelbeacH. También un sano sentido del humor (amagó con arrancarse con el “Dreams Never End” de New Order y el “Break Down” de Tom Petty) y la colaboración de otro de nuestros mejores artesanos de la canción, el madrileño Germán Salto, quien subió al escenario para sumarse a su formación en la recta final de la noche. A la salida, todos con esa sonrisa boba que dibujan las canciones de propiedades lumínicas, hasta curativas.

Carlos Pérez de Ziriza.

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