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Esta es la nuestra crítica del concierto que Maria Arnal i Marcel Bagés ofrecieron hace unos días en el Teatre El Musical de Valencia, tal y como se publicó en las páginas de la Cartelera Turia. La foto es de Rosa Sagredo (TEM)

 

Memoria en movimiento

 

 

Vaya por delante que no vimos a la pareja catalana en ninguna de sus anteriores cuatro fechas valencianas: ni en el propio Musical hace casi tres años – junto a Pep Gimeno Botifarra – ni a su paso por el Palau de la Música en 2016 ni en sus visitas de 2017 a las citas colectivas She’s the Fest o Pops Marítims. No podemos, pues, trazar una comparativa previa. Sí podía decirse que esta quinta incursión en el cap i casal llegaba con vitola especial: mejor disco del año (o casi, en el peor de los casos) para un buen número de medios especializados. Culminación de un runrun que ha crecido a pasos agigantados, hasta el punto de agotar entradas con muchos días de antelación en los mismos enclaves en los que hasta hace unos meses apenas congregaban al manojo de fieles que les ha ido siguiendo desde el primer día.

Tan contagioso entusiasmo (no tardarán en volver: de momento tienen el EMAC de Borriana en solo unas semanas, y La Rambleta de nuevo en Valencia en mayo) está más que justificado. No solo por ese magno álbum que es 45 cerebros y un corazón – culminación exponencial de todo lo apuntado en sus dos epés previos – sino por la forma tan volcánica que tienen de defender sobre el escenario un credo expresivo que tiene lo mejor que se le puede pedir a la música popular española a estas alturas de la película: conocimiento de una tradición que nunca es un fin en sí mismo, sino una herramienta para moldear el presente; impresionantes dotes interpretativas y conciencia de un acervo histórico que, lejos de ser una excusa para el sermón recurrente, constituye la materia prima con la que modular un lenguaje que explica lo que aún somos – para bien y para mal – a partir de lastres prácticamente cronificados.

La imponente voz de Arnal, sobrada de recursos, se mueve entre el folk, la jota, el cant de batre valenciano, el flamenco o el pop. Y la defiende con el arrojo y el ademán de cualquier frontwoman de género urbano. Bagés maneja con soltura el contrapunto sobrio de guitarra eléctrica. Y la cosa se pone en modo apabullante cuando, mediada la ceremonia, irrumpe su productor David Soler a la segunda guitarra y ambos se arrodillan para trastear con sus pedaleras en una suerte de medido aquelarre que cobra altura de vuelo a partir de “La gent”. Su repertorio apenas rebasa la decena larga de canciones que agrupan sus tres referencias, pero no necesitan más para inscribirse sin ambages en esa órbita de creadores que baquetean la tradición para hacerse un discurso a medida, que conjugan en rabioso presente de indicativo (como Niño de Elche, Pablo Und Destruktion o casi todo lo que toca Raül Fernández “Refree”). El futuro – perfecto o no – también debería ser suyo.

Carlos Pérez de Ziriza.

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