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Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció hace unos días Mark Eitzel en la sala Loco Club de Valencia, tal y como se publicó en el último número de la Cartelera Turia. La foto de es María Carbonell. 

 

Intensidad sin renuncios

 

Mark Eitzel: la intensidad innegociable al servicio de grandes canciones (Foto: María Carbonell)

El incombustible bardo californiano deja entrever pequeños rayos de luz. Tanto el tratamiento – algo más radiante, aunque sin pasarse – de algunos de los cortes de su último disco (gracias a la producción de ese gran catalizador de talentos que es Bernard Butler) como el sentido del humor que se gasta sobre el escenario, prueban que el líder de American Music Club necesita tomarse la vida con algo más de ligereza. Y es que debe ser muy duro ser Mark Eitzel durante tanto tiempo. Habituado a la laceración sistemática de su propio trayecto, a esa autoconmiseración que seguramente resulte tanto una maldición para él mismo como una bendición para quienes le seguimos desde hace más de dos décadas, parece que necesite atenuar la gravedad de ese desnudo emocional que plantea cada vez que se sube a un escenario. 

En la que era su tercera visita a Valencia (tras su concierto del Col.legi Major Lluis Vives en 2003 y al mismo Loco Club con American Music Club en 2005: esta vez llegaba precedido de la notable actuación de Frontera, el proyecto de un Juanjo Frontera, quien junto a Diego López a los teclados demostró su palpable progresión desde que telonease a Jolie Holland en el mismo escenario hace dos años), eso se plasmó en algunos largos monólogos – entre canción y canción – que corrían el riesgo de romper el ritmo de su actuación y sumir al público en el tedio, aunque – escuchados como un todo – puede decirse que componían un fresco bastante aproximado de esa otra América que tan bien explica la génesis de sus canciones, repleta de personajes obtusos, frecuentemente regados en alcohol. Lo que no cambia es su irrenunciable compromiso con sus canciones. Su forma de vaciarse en cada una de ellas, reivindicando además su condición de enorme a intransferible vocalista.

Con un formato de cuarteto muy similar al empleado en sus últimas visitas a España, más nocturno que eléctrico, más de club que de gran auditorio, desgranó – en una noche de intensidad variable, las ha tenido más pletóricas – clásicos como “Mission Rock Resort”, “Why Won’t You Stay”, “What Holds the World Together”, “Apology for an Accident” o una enorme “Western Sky”, amén de pasajes de su último disco (uno de los mejores de su carrera en solitario) que no desentonaron en absoluto, como “The Last Ten Years”, “An Answer” o “La Llorona”. Satisfizo a los conversos y convenció a los recién iniciados, así que misión cumplida.

Carlos Pérez de Ziriza.

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