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Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron Pere Ubu hace unos días en la sala 16 Toneladas de Valencia, publicada esta semana en las páginas de Cartelera Turia.


PERE UBU-16 Toneladas

Exhibición de atrocidades

Pere Ubu, en un momento de su actuación en Leeds (Reino Unido) el pasado mes de noviembre, dentro de  la misma gira que les acercó a nuestro país (Foto: Ross McGibbon/Vanguard Online)

No sirve de mucho (más bien, prácticamente de nada) aplicar a un concierto de Pere Ubu los mismos parámetros que a cualquier otra banda del planeta. Y desde luego, no porque se ganen a pulso el beneplácito de la empatía fácil (de hecho, habitan en las antípodas), sino porque no hay otra manera humana de calibrar la ciclópea singularidad de una banda sin parangón posible. Un concierto suyo valida la teoría de que, por increíble que parezca, otro mundo es posible. Y a veces incluso puede habitar cerca de nosotros. Mucho más de lo que nos pensamos. A un tiro de piedra de casa en una fría noche de domingo, mientras todos los televisores de la ciudad están pendientes de un partido de fútbol. Porque eso es lo que ocurría, mientras tanto, en el mundo real.

Una velada con los de Cleveland es como cualquiera de esas películas de intriga malsana e hiriente, de desasosiego y mal cuerpo pero efecto magnético: no hay en ellas el menor atisbo de complacencia. Ni una sola concesión, lo que no es obstáculo para que el personal se quede invisiblemente ensartado a la trama que se desarrolla sobre el escenario. Progresivamente atrapado en ese guion de más de dos horas que se despereza con 45 minutos de experimentación (largos desarrollos instrumentales, primacía de atmósferas turbias) y desemboca en una hora larga de un art punk (con la anfetamínica Caroleencomo clímax) tan sui generis que incluso podría desmentir su propia etiqueta: espinado, abrupto, torvo y (pese a todo, o quizá por eso mismo) tremendamente sugestivo. Ungido por programaciones, cortantes riffs de guitarra, cambios de ritmo, interferencias de theremin, el clarinete del circunspecto Darryl Boon (la incorporación más reciente a la banda) y la esquizoide garganta de David Thomas presidiendo el alarde de truculencia. 

Un señor orondo de más de sesenta años, achacoso, malencarado y de codo ágil, a la fuerza repantigado en una silla durante todo el bolo. Y aun así, su sola presencia resulta más amenazante que la de decenas de émulos de Ian Curtis que en los últimos tiempos han sido, todos juntos y en comandita. El rosario de perlas que emanó de su boca entre canción y canción daría por sí solo para una mini antología de sentencias, inusuales y memorables. La forma en la que se ciscan en los tradicionales bises o alientan al personal para que desembolse (en una marcianada llamada “Buy More Merchandise”), también. Lo suyo no es post punk, es post todo. El metalenguaje pop que nadie se atreve a practicar, por mor de no caer en el ridículo.

Seguramente ellos no necesitan el aplauso del público. Ni los halagos de la crítica. Pero el mundo sí les necesita a ellos para seguir siendo un lugar menos plano, más heterogéneo. Más rico y diverso, aunque apenas un centenar de almas lo valore cada noche ante esos escenarios de Dios.  

Carlos Pérez de Ziriza.
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