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A continuación reproducimos nuestra crítica del concierto que ofrecieron los albaceteños Surfin’ Bichos hace unos días en la sala Moon de Valencia, tal y como ha sido publicada en las páginas de la Cartelera Turia. La foto es de María Carbonell.

Renacer en otoño

 

Fernando Alfaro en plena exhumación de “Hermanos Carnales”, en la sala Moon de Valencia (Foto: María Carbonell)

La prudente dosificación que los albaceteños hacen de su cancionero (una docena de conciertos este año, a sumar a la que ofrecieron en 2006) provoca que sus conciertos aún revistan cierto halo de excepcionalidad. Once años después de pasar por la misma sala, volvían a Valencia con la excusa de reanimar aquel Hermanos Carnales (1992) en su 25 aniversario: un segundo álbum que consolidó un credo expresivo hirviente y descarnado, que reverberaba ecos de Pixies, The Velvet Underground o los Big Star crepusculares hasta pasarlos por tamiz propio, en torno a una imaginería (repleta de resonancias bíblicas y lírica abrupta) que apenas admitía parangón en este país. La magnética peculiaridad de su sello se mantiene, no había más que ver el atestado aspecto de una sala que parecía – por edad – una concurrida reunión de antiguos alumnos de algún curso perdido en un bachillerato cualquiera entre finales de los ochenta y principios de los noventa. Los valencianos Pelícano, por cierto, actuaron antes como dignos teloneros, mostrando buen dominio de unas marañas eléctricas que saben gestionar ahora mejor que cuando fueron finalistas del certamen Vinilo Valencia de 2013.

Lo más reseñable del pase de Fernando Alfaro, Joaquín Pascual y los suyos, fue constatar (tras haberles visto este año en festivales como el Primavera Sound o el FIB, también en citas como el desaparecido MIMED en 2006) que su propuesta halla mejor acomodo en la distancia corta, en la oscura cercanía de una sala cerrada, donde no hay peligro de que su mensaje se diluya. Dio la impresión de que la banda también era consciente de ello, ya que desgranaron con un arrojo proporcional al de su público el emblemático álbum, así como el preceptivo rescate de gemas del resto de su opus creativo (“El final de una quimera”, “El crujido del cangrejo”, “Rifle de repetición” o “Gente abollada”) en una vibrante recta final. Algún desajuste en la sonorización (un mohín recurrente por parte del público fue la escasa resonancia de los baquetazos de Carlos Cuevas) no empaña un concierto impecable, más que nada porque se sostiene sobre un repertorio tan sobresaliente y singular que nunca ha requerido – no está de más recordarlo – ejecuciones que rayen en una inquebrantable ortodoxia. Ni mucho menos.

Carlos Pérez de Ziriza.

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