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Reproducimos nuestro resumen de la última edición del Primavera Sound, celebrada hace una semana en Barcelona, tal y como ha sido publicada en las páginas de la Cartelera Turia. La foto de Nick Cave es de Eric Pàmies.

 

El gigantismo y todas sus formas

 

 

Se hace tan redundante hablar cada año de techos superados, de récords de asistencia y de gigantismo sin frenos, que ya no queda claro qué piensa hacer el Primavera Sound si lo que pretende es realmente no seguir creciendo, o hacerlo de forma sostenible. Con el público extranjero ya en un 60% del total (niveles ya de festivales tan britanizados como el FIB) y jornadas en las que se rebasan de largo los 60.000 espectadores diarios, el Primavera Sound sigue siendo el mejor festival del estado y uno de los mejores de Europa, pero su masificación supone un condicionante que acaba por dividir los conciertos entre aquellos cuya experiencia como asistente apenas se intuye – no encontrar un buen acomodo media hora antes implica resignarse a contemplarlos a través de las pantallas laterales del escenario, a cientos de metros – y aquellos a los que, ya sea por el exhaustivo conocimiento del recinto acumulado tras unos cuantos años, o por gozar de menor concurrencia, uno asiste con todas las de la ley, sin interferencias que opaquen actuaciones que, en algunos casos, deslumbran. Cada año, y grosso modo, se suceden cerca de media docena de esas actuaciones para el recuerdo. Media docena al menos, porque haría falta desdoblarse en cuatro o cinco personas para poder evaluar la totalidad de su oferta. Ya saben, tantos itinerarios posibles que resulta inviable que una sola persona trate siquiera de degustar la cuarta parte de sus conciertos, so pena de caer víctima de un cuadro agudo de esquizofrenia.

Entre lo deslumbrante, unos Nick Cave & The Bad Seeds que hicieron lo mismo que suelen – con el añadido de algunos temas de su fúnebre último álbum – y con la misma intensidad, apuntalada por un tramo final que evidenció con elegancia la necesidad de conectar directamente con su parroquia desde la condición de chamán del australiano para cicatrizar sus propias heridas, en una suerte de ceremonia colectiva. Catarsis para unos, concesión populista para otros. Un broche resuelto con emoción contenida, en cualquier caso, y que nos recordó su condición de fiera escénica de contornos casi sobrenaturales. Para levitar y prácticamente no volver a tocar el suelo con los pies fue el bolo de Slowdive, una hora de belleza sónica en estado prístino que prueba que son la marca que mejor ha sabido perpetuar y desligar de coordenadas temporales eso que algunos llaman shoegaze, y que en sus manos es una taimada experiencia sensorial, no por repetida menos concluyente. Volviendo a los cabezas de cartel, inevitable mentar a Björk en una actuación visualmente hechizante y con momentos de una turgencia arrebatadora, pese a que no abundó en concesiones: ese es parte de su encanto, por algo habita en una dimensión distinta a la del resto de músicos del planeta. A su bola. Eso sí, con ella hay que reincidir en la prueba de las grandes distancias: un show difícil de digerir en pie y acogotado entre decenas de miles de almas durante más de una hora. En esa inmensidad oceánica se diluían también las propiedades de lo último de Arctic Monkeys, quienes hicieron bien en escanciar ese sutil Tranquility Base Hotel & Casino con suma moderación, conscientes de que es el resto de su repertorio el que nació destinado a golpear el mentón. Por eso no convencieron a todo el mundo. Más probada en amplias llanuras es la eficacia de las letanías de The National, quienes solventaron el trámite con su brillantez usual, sin grandes alardes pero tampoco deslices. Justo la eficiencia – carisma, también – que les falta a The War On Drugs para que sus mantras calen hasta los rascacielos cercanos, pese a que su set fue más que solvente.

Matt Berninger, especialmente contenido durante el concierto de The National (Foto: Sergio Albert)

Cada vez más distanciado del canon indie rock que lo alumbró, el PS sigue diversificando empeños con actuaciones tan estimulantes como la del R’N’B digital de Kelela – aún a considerable distancia de la exhibición de Solange el año pasado – , con Thundercat y su corriente alterna entre la herencia de Prince y el free jazz o con la polirritmia contagiosa de la maliense Omou Sangaré, al margen de muchas otras propuestas (del flamenco al trap, pasando por la experimentación electrónica, el black metal o los soundtracks) que no llegamos a degustar. Sea como fuere, el indie rock espartanamente noventero de The Breedes y Belly, así como el de relevos como la fascinante Jay Som, funcionaron a las mil maravillas. Y con la misma rotundidad se manejaron los tejanos Lift To Experience – defendiendo ese pequeño milagro, mezcla de post rock y gótico sureño, que fue su álbum de 2001 – y un Father John Misty tan enorme como de costumbre: vocalista, intérprete y showman de primera, con una “Pure Comedy” que fue pura gloria. Unos cuantos palmos por debajo de ellos, vimos las actuaciones de nombres que cumplieron con lo esperado, sin aportar grandes novedades para quienes ya hayan gozado alguna vez de sus directos: Beach House, Chvrches, Núria Graham, Christina Rosenvinge, Charlotte Gainsbourg, Deerhunter, Idles, los residentes Shellac (hasta en la sopa: nos topamos con ellos actuando en el mercadillo), The Twilight Sad, unas Warpaint lastradas por una mala sonorización y unos Cigarettes After Sex también mermados en delicadeza por el eco de su propia batería. Entre las sorpresas, apenas dos entre las muchas que se podrían deslindar de tan enorme cartel, testamos la infalible fórmula del dúo francés The Blaze – en la estela del neo house oscuro de sus paisanos Justice – y, por lo extravagante, la divertida pero intrascendente sesión de un Arca que se marcó una desprejuciada bacanal de sonidos de diversa procedencia y orgullo queer,que nada tiene que ver con el sugestivo contenido de sus discos.

Carlos Pérez de Ziriza.

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