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Reproducimos el texto que escribimos sobre el concierto que Built To Spill ofrecieron hace unos días en la sala Wah Wah de Valencia, publicado en la Cartelera Turia de esta semana.

BUILT TO SPILL-Wah Wah
Algo más que pedigrí indie rock
Doug Martsch, en el centro y semioculto tras el resto de miembros de Built To Spill.

   Recibida como agua de mayo en una ciudad que aún no había tenido la oportunidad de verles en directo, la de Built To Spill fue una demoledora sesión de indie rock norteamericano con filiación en los 90, pero con proyección a las notas marginales de esa pequeña historia del rock con aspiraciones clásicas (esto es, fuera de coyunturas) que solo unos cuantos elegidos, irremediablemente pasto de minorías, pueden permitirse escribir. No solo porque muchas de sus melodías y sus largos desarrollos guitarrísticos acaben remitiendo con mucho tino a Neil Young vía J Mascis (Dinosaur Jr). Sino también porque, pese a que los de Doug Martsch llevan cuatro años sin editar material nuevo, nunca se fueron ni tampoco acostumbraron a vivir de la repetición de los mismos argumentos (pueden cambiar la mitad de su repertorio de una noche a la siguiente, sin que el balance final de su directo se resienta). Quizá por eso, porque siempre estuvieron allí, se les haya valorado menos de lo debido. O quizá es que su manejo de los tiempos no coincidió nunca con el que dictaban los medios. Como buenos alumnos aventajados de los padres fundadores del género, asumieron sus enseñanzas pero llegaron inevitablemente tarde para definir alguno de los himnos generacionales que aquellos perfilaron (“Freak Scene” de Dinosaur Jr. o “Teenage Riot” de Sonic Youth, ambos de 1988, o incluso el “Gimme Indie Rock” de Sebadoh de 1991). Y tampoco su bajo perfil popular les permitió nunca emerger más tarde como el eslabón perdido entre Pavement y DeathCab For Cutie que podrían haber sido.

    Con una nueva base rítmica en la retaguardia y una línea del frente escupiendo metralla desde sus tres briosas guitarras, Doug Martsch y sus secuaces se marcaron un set rocoso y muy nutritivo, de los que parecen sentar cátedra sin apenas necesidad de despeinarse. Poco antes, los suizos Disco Doom les habían teloneado con un set puntualmente estimulante, entre cierta concreción noise rock y largas progresiones instrumentales de mayor densidad, tan caprichosamente secuenciado que cabe tildarles de fieles herederos del erratismo slacker de los 90. La de Built To Spill, sin embargo, fue una hora y media de versatilidad rock, al servicio de melodías serpenteantes, espinosos cambios de ritmo y solos de guitarra acerados: las tradicionales señas de identidad de la banda. Servidas sin atropello, con cierta parsimonia, sin escatimar esos pequeños ajustes entre tema y tema que suelen derivar en coitus interruptus la mayoría de las veces, pero adquieren pleno sentido  desde el primer segundo en que su milimetrado engranaje comienza a atronar. Cualquier seguidor pudo echar de menos algunos puntos álgidos de su trayectoria, pero cerraron con un bisconcluyente en el que no faltaron las versiones de turno ni el recuerdo a algún emblema iniciático: una “Train in Vain” (The Clash) tan vigorosa que podría incluso cuestionar la que dos años y medio antes (en el mismo escenario) se marcó aplicadamente Chuck Prophet, una “Sludgefeast” (Dinosaur Jr.) absolutamente clavada y el recuerdo a la emocionante “Car”, de 1994. Reverencia ante ellos.

Carlos Pérez de Ziriza.
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