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Bernard Sumner, en un momento de la actuación de New Order la noche del domingo en el FIB.
Foto: Fiberfib.com


Hubo un tiempo en el que todo lo que rodeaba a New Order tenía un aura de misterio. Prácticamente no aparecían en sus portadas. Apenas concedían entrevistas. Las fotos promocionales brillaban por su ausencia. Y su predicamento gozaba de ese aire de infalibilidad que se ganaron a pulso hasta 1993, año en el que, por vez primera, editaron un álbum que abría grietas en su más que consolidada reputación. Hasta entonces, parecían desmentir que el hombre es, por definición, un ser propenso al erratismo. Habían comenzado como una emblemática banda post punk, hasta que decidieron tratar de cumplir con el deseo de su difunto líder: si había que acercarse a la fórmula de Kraftwerk hasta sublimarla, se hacía. Su reconversión, de Joy Division a New Order, marcó un canon regenerativo sin parangón, aparentemente milagroso. Y las vanguardias sonoras de la época no tenían secretos para ellos. Eran una esponja. Asombraba ver cómo podían seguir conjugando los espectros sonoros post punk con cualquier nueva tendencia de la música de baile, basculando mejor que nadie entre el drama y la aparente frivolidad. Pero todo aquello fue ya hace mucho tiempo.


El paso de los años emborrona los logros y nos muestra a nuestros ídolos pop como seres dolorosamente humanos. Tan necesitados de justificar sus ingresos como cualquier otro trabajador. Y, como apenas hay nuevos tótems a los que aferrarse, nos empeñamos en mantenernos fieles a aquellos que hicieron de nuestras vidas un sitio mucho más agradable. A aquellos que nos enseñaron a soñar despiertos cuando nuestra recién estrenada adolescencia comenzaba a tejer una madeja de melodías que, al tiempo que encendían nuestra fibra sensible, iban solidificando los pilares de algo que podríamos llamar criterio propio. Por eso aún esperamos que nos caigan las migajas de algo que fue muy grande y ya apenas lo es.


Personalmente, habíamos podido ver a New Order en directo dos veces: Brixton Academy (Londres) en 2001, y Parc del Fórum (Barcelona), dentro del Primavera Sound de 2005. Ambas presentando material nuevo. Recordamos con vividez el ambiente previo a su bolo de 1987 en la Plaza de Toros de Valencia, los carteles empapelando las calles del centro de la ciudad, pero servidor aún no tenía edad para ir a conciertos sin compañía. Y como todo está en función de las expectativas, y en vista de aquellos dos precedentes estas no eran precisamente esperanzadoras, al final acabaremos celebrando que nuestras leyendas giren sin presentar producción de nuevo cuño. Así al menos no fomentan estropicio alguno.


Su concierto el domingo noche en Benicàssim confirmó los augurios provenientes de su pase en el Sonar: tras la agria salida de Peter Hook de la formación, New Order no deslumbran en escena, pero han recuperado el decoro. Querían rendir tributo a Ian Curtis en el que hubiera sido su 54 cumpleaños, y aunque licuaron la intensidad de una Love Will Tear Us Apart que trasciende su intención original hasta convertirse en un extraño himno popular, al menos no la destrozaron. Echan la vista atrás remozando de forma discutible algunos hits, pero hay que ser muy patán para arrumbar el cegador magnetismo que aún irradian, y ellos no lo son. Transmiten cierto aire funcionarial que solo se disipa pasado el ecuador de su set. Alternan un sonido que pasa con frecuencia del mazacote a la nitidez. Solventan con profesional disimulo la ausencia del indeleble bajo de Peter Hook. Y transmiten la sensación de que son la mejor versión que, a estas alturas, podemos esperar de ellos. Quizá no sea gran cosa, pero es lo que hay.


Aunque durante hora y media aún nos hagan creer (somos así de obstinados) que algunas canciones pueden detener el tiempo. Porque a veces cuesta desligar el deseo de la realidad. Y más si uno se mete previamente entre pecho y espalda, a lo largo de la hora escasa que separa Valencia de Benicàssim en coche, el CD que el periodista John McCready seleccionó para la caja cuádruple Retro, con el muy apropiado subtítulo de Fan. Cuesta escuchar en vivo The Perfect Kiss y no dejarse llevar por su crescendo, por sus teclados en espiral. Imposible escuchar Temptationen el escenario Maravillas y no visualizar, en apenas décimas de segundo, decenas de imágenes, personas y sensaciones asociadas a diferentes momentos vividos en el mismo recinto en los últimos tres lustros, como una sucesión de flashes, quizá porque nuestra lucidez no es capaz (ni falta que le hace) de desligarse del efecto emocional de ciertas canciones que siempre le han acompañado. Con las que ha crecido y se ha convertido, para bien o para mal, en la clase de persona que es. Aquellas canciones a las que uno siempre acaba volviendo, como a un buen amigo (sí, permítanme la cursilería) a quien siempre poder recurrir. Díganme cuántas canciones escritas en los últimos diez años conocen así. Nosotros, ninguna. O quizá tan solo ocurre que la espera ha sido tan larga que las sensaciones encontradas se amontonan hasta el aturullo, con nuestro subconsciente pugnando para que anhelo y realidad coincidan. Hasta que se encienden las luces, se hace nuevamente el silencio, y uno no puede evitar cierta sensación de desvalimiento. Flotando de nuevo en el vacío.

Llamarlo epifanía sería arrogante. Dejémoslo en que aún necesitamos que nuestra condición de fans irredentos nos haga sentir las cosas de la vida con más intensidad. Y, aun a riesgo de sobredimensionar el poder evocador de la música popular, digámoslo alto y claro: la felicidad total, si es que existe, se debe tramar en gran medida con la suma de esos momentos.


Carlos Pérez de Ziriza.
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