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Aprovechando que el amigo y compañero Quique Medina llevaba algunas semanas sugiriéndome que me marcase algún artículo de opinión para esa nueva sección de su página web, que ha optado por bautizar como “La esquina de la barra”, se me ocurrió hace unos días que no había mejor forma de estrenarme que haciéndonos eco del regreso a las ondas (aunque sea solo a través de Internet) del insigne Jorge Albi, todo un tótem para quienes gozamos de una educación musical, en nuestra adolescencia, en la que jugaron un papel decisivo programas como aquel inolvidable La Conjura de Las Danzas, que él dirigía con mano firme y guante de seda. Así que aquí reproducimos el texto completo:

Para quienes andamos bastante más cerca de los 40 años que de los 30 y llevamos casi toda la vida en Valencia, la figura de Jorge Albi fue un referente radiofónico de primera magnitud. Primero, a través de aquel programa llamado Los Bailes de Marte, pero sobre todo al mando de aquel indispensable La Conjura de las Danzas, que comandó entre finales de los 80 y principios de los 90 en la emisora local Radio Color. Más tarde pasaría a presentar un magazine vespertino similar, de ámbito estatal ya a mediados de los 90 (Déjate Besar), pero nada sería lo mismo que aquel espacio (decimos de La Conjura, claro) que muchos comenzamos a frecuentar al filo de la madrugada (para luego pasar a mitad de tarde). Aquel programa del que siempre se sabía el inicio pero rara vez el final, que organizaba memorables fiestas con bandas internacionales en la sala Arena y que tenía a bien colocar a The Stone Roses o a The House Of Love en los primeros puestos de aquellas listas de favoritos semanales que se emitían los jueves.

Heterodoxo, contradictorio y extravagante, Jorge Albi, su conductor y principal responsable, era un tipo absolutamente peculiar, un florido (y no solo por sus camisas) dinamizador pop y agitador nocturno, a través de sus programas de radio y sus sesiones en la cabina de garitos como BarracaBar, en una Valencia que, aún muy presente en el circuito de giras internacionales, andaba todavía muy lejos de la atonía generalizada que hoy en día le invade, apenas sacudida por una oferta nocturna más amplia pero indiscutiblemente más uniforme. Era, y es, uno de esos personajes a los que, de no existir, habría que haber inventado. Un encantador de serpientes que podría ser capaz (si se hubiera dado el caso) de recubrir de oropel cualquier nadería, de presentar como la octava maravilla del mundo (gracias a su afilado y vehemente verbo) a la rodaja sonora más ramplona, siempre cosquilleando la curiosidad del oyente. Ocurre que ese, el de la ramplonería, no solía ser el caso. Que lo que sus espacios destilaban, regados por el buen gusto, era esa genuina convicción de que poco más de tres minutos de magia, los que dura una buena canción, servían para detener el tiempo. Para creernos, una vez más, que podíamos ser eternos. Para nuevamente reivindicar que una melodía incandescente, trazada con la precisión geométrica del cartabón y la inaprensible vaharada de eso que llaman inspiración, también puede ser arte con mayúsculas. Porque si algo transmitían sus programas era pasión. Auténtica pasión por el pop imperecedero.

Ahora ya nada es lo mismo. Ni siquiera la radio, claro. Después de él vendrían muchos otros diales, muchos otros espacios, que un servidor trataba de no dejar escapar, y con los que iba reafirmando o poniendo en solfa parte de sus propios gustos y criterios, aunque ese impacto adolescente (al fin y al cabo, los que más huella dejan) que La Conjura de Las Danzas había grabado a fuego en mi disco duro permanecería para siempre. Porque aunque ahora (apenas rescatados para las ondas gracias a parte de Radio 3 y emisoras como ICat FM) todo esto nos pueda sonar a ciencia ficción, a mediados de los 90 y sin salir de Valencia aún había hueco en las emisoras comerciales para más francotiradores (como Eduardo Guillot desde Cadena 100, Juan Vitoria desde Radio L’Horta o Fermí Larrondo desde Ràdio 9) que ayudaban a trazar la cartografía sonora del momento, a orientar el radar de la parroquia en unos tiempos en los que, evidentemente, no todo estaba al alcance gratuito de un solo clic. Y que contribuían, de paso, a alimentar el hambre de todos los que alguna vez hemos tenido la fortuna de inyectarnos en vena el plácido veneno de la radio, el más gratificante de todos los que tienen forma de medio de comunicación. Algo de eso sabrá también la gente de Vinilo Valencia, quienes no gozarían de este espacio (que muy amablemente me ceden) de no haber existido la radio.

Ahora Jorge Albi vuelve. O, más bien, habría que decir que vuelve de la única forma que los tiempos permiten, doce años después: enlatado y en la red. Y, acorde también con los tiempos, (al menos tras una primera escucha) marcado por la nostalgia sonora, con Ramones, Talking Heads o 10.000 Maniacs por bandera, entre cien hierbas más. Pero él lo vale, qué puñetas. No todos los días ni a cualquier hora se goza de su magisterio ni de tan exquisita selección musical. Su nuevo artefacto se llama El Caos Elegante, y puede degustarse a través de la web del grupo 69 Pétalos: www.grupo69petalos.com/dejatebesarradio/djs/jorge-albi

Si pueden, no dejen de dedicarle una horita y cuarto para escucharlo.

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