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Reproducimos el obituario de rigor sobre George Michael, tal y como se ha publicado en el número de esta semana de la Cartelera Turia.

George Michael, en una imagen de mediados de los años 80. 
El músico británico, encontrado muerto en su casa el mismo día de Navidad, transitó de estrella adolescente a una respetabilidad adulta con demasiadas intermitencias
La travesía de Georgios Kyriacos Panayiotou (Londres, 1963-Goring-On-Thames, 2016), nombre real de George Michael, trazó uno de los ascensos más exitosos del pop mundial en los años 80 (más de 100 millones de discos vendidos y una enorme fortuna), pero también dejó rastros de un carácter difícil de reeditar en el mainstreamactual: multivendedor pero abiertamente izquierdista y desprendido, capaz de prolongar una carrera que medró en las aguas del estrellato adolescente pero luego reclamó respetabilidad adulta con los bemoles de optar por un título tan explícito como Listen Without Prejudice (su mejor álbum, de 1990) e incluso con la capacidad de reírse de sus propias desventuras judiciales y mediáticas en videoclips como el de “Outside” (1998), en el que aprovechó para salir del armario tras ser detenido por un sórdido episodio sexual en unos lavabos públicos de Los Angeles, cinco años antes de que otro video promocional, el del tema “Shoot The Dog”, fuera censurado por su explícita ridiculización de George W. Bush y Tony Blair, los halcones de las Azores. Su molde de teen star reconvertida en estrella adulta fue el mismo del que se servirían, años mas tarde, sus paisanos Robbie Williams o Mark Owen (Take That), así como estrellas más lejanas en ese firmamento en el que brillan músicos curtidos al calor de boy bands(como el ex N Sync Justin Timberlake). La pintona factura funk popque blandían sus temas al frente de Wham!, el exitoso dúo que formó junto a Andrew Ridgeley entre 1981 y 1986 (ya saben: “Club Tropicana”, “Wake Me Up Before You Go Go”, “Last Christmas”, “I’m Your Man” y toda la retahíla de singles de impacto) es la misma que alimenta algunas de las canciones de bandas británicas actuales como The 1975.
De cualquier forma, su carrera llevaba ya años varada en la sequía creativa, con una magra discografía apenas salpimentada con los recursos clásicos cuando las ideas escasean: la recreación de material ajeno (Songs From The Last Century, de 1999, con versiones de The Police, U2 o Nina Simone) y la relectura sinfónica de rigor (Symphonica, de 2014, en la que los combinaba con algunos de sus clásicos, y el que alentó su última visita a España), una secuencia apenas interrumpida por un discreto álbum de material nuevo (Patience, 2004). A mucha distancia, en todo caso, de aquellos años 80 en los que llegó a combinar su aportación al omnipresente “Do They Know It’s Christmas?” (single colectivo navideño de 1984, interpretado por la aristocracia pop británica del momento) y su presencia en el multitudinario concierto Live Aid unos meses más tarde, junto a uno de sus ídolos y mentores, Elton John. Luego llegaría su dueto con otro de sus grandes mitos, Aretha Franklin (“I Knew You Were Waiting For Me”, 1986), y el éxito mundial de Faith (1987), su primer largo en solitario, que vendió más de 25 millones de copias en todo el mundo (momento también de su mayor pico de popularidad en nuestro país, con aquella gira que le trajo en el verano de 1989), antes de reconvertirse en un ocasional baladista desencantado con la industria del disco (sus problemas legales con la discográfica Sony) a lo largo de unos años 90 en los que su estrella declinó, con puestas al día de su sonido que no trascendían lo convencional y apenas generaban cierta resonancia para alguno de sus sencillos (Older,de 1996, y el single “Fastlove”). Últimamente su nombre era más proclive a generar titulares de prensa por sus adicciones que por sus canciones. Pero su inesperada muerte, con tan solo 53 años (y el contraste con el recuerdo de su apolínea figura durante una época en la que arrasaba en las listas de éxitos), ha agudizado la sensación de estar asistiendo al último ciclo vital de una generación de supervivientes de una era en la que la industria de la música era otra cosa muy distinta a la que es hoy (más de la mitad del contenido de Faith resultaría familiar -en su momento- a oídos de nuestras propias abuelas), en un año ya particularmente sombrío para algunos de sus grandes nombres.
Carlos Pérez de Ziriza.
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