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Reproducimos el texto publicado en el número de la Cartelera Turia que está disponible en los quioscos desde esta misma mañana, sobre la figura del recientemente fallecido Lou Reed.

LOU REED
El cronista del subsuelo
 
Lou Reed: conjurando su definitivo acto de desaparición una mañana de domingo. O cuando cualquier pie de foto resulta ridículo ante la magnitud de la pérdida.

 

 

Lewis Allen Reed (1942-2013), en compañía de John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker, tuvo la virtud de introducir, en plena efervescencia del flower powerirradiado por los hijos de la Era de Acuario, una temática tan sórdida, turbia y poco convencional (hasta entonces prácticamente inédita en el lenguaje rock) que entraba en abierta contradicción con ese discurso imperante de la segunda mitad de los 60, impregnado de hippismo y psicodelia. Nunca ha sido la norteamericana una cultura muy proclive a congraciarse de buenas a primeras con el reverso más tenebroso de su identidad, y no mucha gente estaría dispuesta por aquel entonces a dejarse empapar por los vapores de esos relatos con olor a asfalto, en los que drogas duras, prostitución, travestismo, sadomasoquismo y marginación urbana se daban cita bajo un prisma que, poéticamente, remitía al malditismo de Rimbaud o Baudelaire. Eso  explica el ostracismo al que The Velvet Underground, vistos en su momento como una excentricidad neoyorquina apadrinada en sus inicios por Andy Warhol, se vieron sometidos en vida. Pese a facturar cuatro álbumes (de 1967 a 1970) a los que cabe situar como la discografía más influyente de la historia reciente del rock, solo por detrás de Beatles, Rolling Stones y, quizá con reservas, Bob Dylan. De hecho, su influjo constituye el tronco mismo del árbol genealógico del que se nutre, desde hace casi cuatro décadas, ese concepto del rock que respondió primero al nombre de underground, más tarde independiente y luego alternativo. El paso del tiempo no hizo más que desvelar su reconocible ascendiente sobre varias generaciones, desde el punk hasta el grunge, pasando por el noise rock y llegando hasta nuestros días. Fuera y dentro de nuestras fronteras.

No menos capital fue la carrera de Reed en solitario, iniciada en 1972 con un álbum homónimo, determinantemente impulsada unos meses más tarde por David Bowie (produciendo el magistral Transformer), apuntalada un año después con el maldito Berlin y rozando el auto sabotaje con el cacofónico Metal Machine Music (1975). Desde entonces, su trayectoria se tornó fluctuante, sin que se pueda decir que el listón de su discografía rara vez bajase del notable alto. Con discos estupendos, que forman parte de la historia, como Coney Island Baby (1976), Street Hassle (1978), The Bells (1979), The Blue Mask (1982) o New Sensations (1984), que pavimentaron el camino para su excepcional trilogía de madurez (o de segunda juventud, que diría el tópico), formada por New York (1989), Songs For Drella (1990, junto a John Cale) y Magic and Loss (1992), esenciales para sentar las bases de una caligrafía rock tan irredentamente insobornable como adulta. En el mismo Olimpo de la mediana edad en el que se movían ya Neil Young, Bob Dylan o Leonard Cohen. Fue también a partir de los años 90 cuando comenzó a visitar nuestros escenarios con mayor asiduidad (el retraso secular de este país), prodigándose al margen de sus habituales visitas a Barcelona (y a Madrid, en muy menor medida), dando muestras de ser extraordinariamente generoso con sus partenaires escénicos. A veces, incluso más de lo recomendable, dato curioso por contraste con el carácter hosco con el que se le conocía entre la prensa musical: los Simple Minds, un jovencísimo Antony (sin The Johnsons), el bajista Fernando Saunders y su maestro de tai chi pueden dar fe. Con la compañía de estos tres últimos pasó por los Jardines de Viveros de Valencia en julio de 2003, en una noche memorable. Y volvió a visitarnos un año más tarde, dentro de la programación del FIB, en un concierto del que salió tan satisfecho que aprovechó su grabación para editar el DVD Live Benicàssim 2004. Había cerrado antes la década de los 90 con Set The Twilight Reeling (1996) y Ecstasy (2000), trabajos algo desiguales pero no exentos de la habitual cuota de pequeñas joyas para la posteridad.

Su perfil como creador de referencia se había ido difuminando, al menos entre el gran público, en la última década, debido a su parquedad editora (su último álbum de canciones propiamente dichas, The Raven, data de 2003), a sus coqueteos con disciplinas paralelas como la espiritualidad tai chi (que inspiró el disco de música ambiental Hudson River Wind Meditations, de 2007), la fotografía (inauguró en Palma de Mallorca su última exposición, hace tres años) o las desfiguraciones experimentales a las que, en clave de spoken word,  sometía su propio repertorio junto a su pareja, Laurie Anderson. Era, de hecho, tan parte ya de la mal llamada alta cultura como lo había sido antes de la baja. A ese perfil algo más borroso contribuyó también un último trabajo tan incomprensible como fue aquel denso Lulu (2011), junto a Metallica. Borrón quizá innecesario al trayecto de un músico que, con razón, y es de ley destacarlo, no renunció al riesgo ni con casi setenta años. El domingo pasado su cuerpo dijo basta, incapaz de ahormarse a las secuelas del trasplante de hígado al que fue sometido en mayo. Y su nombre recobró de nuevo, en cuestión de minutos, la aureola de las leyendas. Sin resquicio alguno para el disenso, como solo los auténticamente grandes se merecen.

Carlos Pérez de Ziriza.
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