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Reproducimos nuestra semblanza sobre el recientemente fallecido Pep Laguarda, tal y como ha sido publicada en las páginas de la Cartelera Turia

 

Como es lógico, la muerte no respeta ni los días de guardar. Con agostidad y plena alevosía, en medio de la agotadora canícula de una de esas tardes de bochorno en la que las calles de nuestras ciudades permanecen desiertas y en sus alrededores apenas se dejan notar las escandalosas chicharras, las redes sociales comenzaban a viralizar la noticia: hacía solo unas horas que Pep Laguarda, el músico que pasará a la historia por aquel hito del pop valenciano – y estatal – que fue el álbum Brossa d’Ahir (1977), había fallecido en su domicilio de Rafelbunyol. En un par de horas empezaron a brotar semblanzas apresuradas en algunos medios digitales que se hacían eco del deceso. La primera noticia la había dado, en su propio muro de facebook, su sobrino Jose Domingo, también músico. Como era de justicia, entre los muchos compañeros de profesión que – de un modo más o menos elocuente – le rindieron homenaje a través de las redes, estuvieron Remigi Palmero y Julio Bustamante.

La gran obra maestra de Laguarda era el disco más folk y alucinado de aquella triada a la que siempre, por un motivo o por otro (el último fue la reciente reedición de Humitat Relativa, pero lo cierto es que nunca faltan razones), acabamos retornando quienes nos dedicamos a escribir sobre música pop en Valencia y en el resto del ámbito catalanoparlante, así como una reducida pero tremendamente fiel base de seguidores: la que formaba junto a los debuts largos de Palmero y Bustamante, y que tanto hizo por sembrar la ilusión de una música popular mediterránea y netamente valenciana, normalizada y tan vigente como atemporal. Grabado en los estudios Gong de Daevid Allen (Gong, Soft Machine) en Deià (Mallorca) con la banda Tapineria y Pau Riba, el debut en largo de Laguarda fue el primero de los tres en llegar, quizá también el que participó de un aura más libertario y propenso a la psicodelia: por algo los Animal Collective o hasta – dicen – el mismísimo David Byrne (cuentan que preguntó por sus discos en un viaje a Barcelona) mostraron interés por su obra. Sí queda claro que compartió la misma bendita singularidad de los dos discos de sus compañeros, esa forma de modelar un imaginario musical casi indefinible, al que ninguna catalogación genérica ni cuadrícula temporal hacen justicia. Brossa d’Ahir fue otra especie de milagro creativo, y tan solo gozó de tardía continuidad cuando en 2012 se publicaron – por fin – las canciones de Plexison Impermeable, el disco que, grabado originalmente en 1979, estaba destinado a ser su inmediata continuación, aunque esta vez desde parámetros más pop.

Dedicando su tiempo a otros menesteres profesionales, Laguarda dejó su producción discográfica en un largo barbecho, con varios proyectos (enfocados a diversos estilos) aparcados sine die y congelando una trayectoria musical que – cosa muy usual por estos pagos – no gozó de continuidad. Un solo álbum le bastó para pasar a la historia.

Carlos Pérez de Ziriza.

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