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Este es nuestro tradicional resumen del Festival Internacional de Benicàssim, el de su edición número 24, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia en sus dos últimos números. Las fotos son de María Carbonell.

 

Ampliando el campo de batalla

 

 

Continuando la senda de aceptación popular de los últimos tres o cuatro años (40.000 asistentes de media diaria), y ahondando en su diversidad estilística, el FIB celebró una nueva edición en la que algo más de una decena de conciertos sobresalieron por derecho propio, generalmente nombres que no encabezaban su cartel. Este es nuestro resumen de más de cuarenta conciertos. Sí, conciertos. Muchos. Aunque el festival fuera noticia, esencialmente, porque al presidente del gobierno le apeteció ver uno de ellos. 

 

Belle & Sebastian: Viejos conocidos del festival, ofrecieron uno de los conciertos más vigorosos y brillantes que se les recuerda, plagado de clásicos de toda su discografía. Invasión – muy ordenada, eso sí – de escenario incluida. Revitalizantes y ejemplares, dentro y también fuera del escenario.

 

Stuart Murdoch, liderando a unos Belle & Sebastian sobrados de gemas en la mejor tradición indie.

 

Anna Calvi: Magnífico el bolo de la británica, una de esas artistas que parecen habitar en su propia dimensión, participando de un estado de trance que ni siquiera el bochorno de las siete de la tarde puede menoscabar. Art pop en el mejor sentido del término. De lo mejor del fin de semana.

 

Tommy Cash: Se le presumía mayor eclecticismo al hip hop malrrollero del estonio. Lo suyo se quedó en un set correcto.

 

The Charlatans: Apenas pudimos disfrutar de tres canciones – coincidían con The Killers, cabezas de cartel – , pero nos dio la impresión de que siguen igual de incombustibles, con un Tim Burgess que parece no haber envejecido desde el primer FIB, hace 23 años.

 

Tim Burgess, líder de The Charlatans. Por él no pasan los años, por mucho tinte capilar que le algunos le quieran afear.

 

C Tangana: Comenzó más escorado al r’n’b que frecuentaba con Agorazein pero acabó siendo él mismo, protagonista de un show con bailarinas de pole dance, fuegos, motos, proyecciones… nutrida parafernalia para quien se sabe una estrella: no había más que ver el atestado aspecto de la explanada frente al escenario VISA (nunca un nombre fue más adecuado).

 

Liam Gallagher: Repetición de la repetición. Clásicos de Oasis por doquier (algunos a pelo, dejando que el público se desgañite) y la habitual falta de brillo de su banda, meramente cumplidores del trámite. Que se junte con su hermano otra vez es cuestión de tiempo. Lo debe estar deseando.

 

Her’s: El pop con ínfulas indies ochenteras (Aztec Camera, Orange Juice) de los británicos, servido con bases pregrabadas y cierta ironía postmoderna (la sombra de Ariel Pink o Mac DeMarco) fue una de las sorpresas agradables de esta edición.

 

The Horrors: Cumplieron, como siempre, pero algo evitó que puntuaran al nivel de otros conciertos que se vieron en el mismo escenario. Quizá fuera la falta de volumen, algún desajuste inicial o el esteticismo algo frío que irradian a veces, más por trazo sonoro que por una actitud que nunca les falta.

 

Faris Badwan, comandando a The Horrors en un concierto que fue de menos a más.

 

J Hus: La herencia jamaicana y africana, que permea en su forma de entender el hip hop, así como su forma de defenderla, fue la nota diferencial que hizo que el rapero británico sobresaliera por encima de otros correligionarios sonoros.

 

Júlia: Notable pase el de las alcoyanas, haciendo valer la veta más enérgica de su pop evanescente, tal y como demandaba la ocasión (ya saben, escenario bajo carpa a primera hora de la tarde).

 

The Killers: Pusieron patas arriba el escenario grande con su épica de cartón piedra, tirando de clásicos en un show al más puro estilo Las Vegas, rebosante de pompa y con Brandon Flowers luciendo traje blanco y su eterna sonrisa de vendedor de coches. Tan entretenidos e intrascendentes como una película de sobremesa para toda la familia.

 

King Khan & The Shrines: Más que bienvenida – por infrecuente – dosis de garage rock y otros motivos vintage (soul flamígero, psicodelia infecta) la que dio la banda alemana, sin que la baja de última hora de su bajista se notase en lo más mínimo.

 

The Kooks: Cualquiera que les haya visto ya en alguna de las decenas de ocasiones en que han pisado uno de nuestros festivales lo sabrá: los británicos son tan irreprochables como anodinos.

 

Luke Pritchard, durante la actuación de The Kooks. Como diría Caroline Rose, más de lo mismo.

 

Marem Ladson: El estimulante folk pop de la hispanoamericana salió más que bien parado de un concierto en familia: un espectador en primera fila tuvo incluso ocasión de preguntarles el nombre de la banda. Ella respondió, muy educadamente.

 

The Magic Gang: Uno de los conciertos más revitalizantes fue el que dieron los de Brighton, deudores del mejor y más soleado pop indie, el que bebe los vientos por la costa oeste norteamericana.

 

Meridian Brothers: Cualquier festival se vuelve mucho más desengrasante con el tropicalismo futurista (así lo llaman ellos) de los colombianos. Pusieron a bailar a todo aquel que se acercó a verles.

 

Metronomy: Una vez más, elegantísimos en la defensa de un synth pop geométrico, con vistas al pasado y al presente. Iban de blanco, pero es como si tocaran con chaqué. Nunca defraudan.

 

Nothing But Thieves: Aburrido remedo de los Muse más plomizos. Lo cual ya es mucho decir.

 

North State: Promete – y mucho – el r’n’b digital de la pareja de hermanos que forman Laia y Pau Vehí: tan solo pudimos ver la mitad de su actuación.

 

Oddisee & Good Company: En medio de la austeridad con la que se manejan en escena la mayoría de músicos adscritos al hip hop, fue una gozada ver cómo los norteamericanos, además de ser una banda como la copa de un pino, se manejan con personalidad en esa confluencia entre el rap, el jazz y el funk.

 

Pale Waves: Imponente sonido el que tramaron los de Manchester para una propuesta, eso sí, de lo más edulcorada. Como una versión emo de Haim o unos Chvrches en plan gótico. Mucho ruido y no demasiadas nueces.

 

Perro: Los murcianos siguen siendo un rodillo, en cualquier circunstancia. Un valor seguro.

 

Pet Shop Boys: Con la estupenda “The Pop Kids” como principio y final, Neil Tennant y Chris Lowe ofrecieron el concierto escenográficamente más sobrio que uno les recuerda (así es el Super Tour), pero al mismo tiempo con más músicos de apoyo. Perfecto balance entre producción reciente y clásicos irrebatibles. Y lo que es mejor: disfrazando algunos de esos clásicos en lecturas renovadas, sin necesidad de empatizar en clave festivalera. Otra irrefutable lección de clase.

 

Mr. Neil Tennant, secundado por una marea de smileys al ritmo de “Opportunities”, justo treinta años después del segundo verano del amor.

 

La Plata: Dio la sensación de que podían descarrilar por sobreexcitación, tomando oxígeno tras un primer tramo sin un segundo de tregua, pero apenas fue un mal espejismo: su arrollador concierto, además de figurar entre lo mejor de la nómina estatal, fue la prueba de que van muy en serio. Rodadísimos.

 

Madness: Historia viva del pop británico y sentido del espectáculo, todo en uno. Suggs y los suyos siguen en perfecto estado de revista, y pusieron a todo el mundo a bailar al ritmo de “One Step Beyond”, “Baggy Trousers”, “Our House” y demás incombustibles clásicos ska pop. Tan lozanos como en su última visita al FIB, hace doce años.

 

Parquet Courts: Inteligentes, versátiles, contagiosos… tremendo set el de los neoyorquinos, diestros en la recreación de un post punk que sabe pegar directo al mentón, incitar al baile o tejer intrincados diálogos de guitarra, con su fabuloso Wide Awake (2018) muy bien representado. Como reza uno de sus temas (“Total football”), lo suyo es el rock total. Todos lo bordan. Y bordan de todo.

 

Nathy Peluso: Apabullante como vocalista, intérprete y bailarina, la hispanoargentina demostró tener muchos números para ser un nombre de referencia en los próximos tiempos, en un derroche de horror vacui. Excesiva, sí. Pero no más que los tiempos que vivimos.

 

Polock: Los valencianos siempre cumplen. Y esta vez, con una dosis extra de extroversión en escena que no era habitual en ellos.

 

Princess Nokia: Contagiosa descarga de hip hop procaz el que se marcó la neoyorquina, dándose un baño de masas entre las primeras filas.

 

Rural Zombies: Los vascos no terminan de dar el salto a los grandes escenarios que sí frecuentan Belako – quizá la comparación más sensata – , pero su post punk bailable cobra plena funcionalidad bien entrada la noche en cualquier festival.

 

Travis Scott: Fue un cabeza de cartel menor, tanto por el monocromatismo de su hip hop apocalíptico como por la escasa duración de su actuación. Poca cosa, lo del novio de Kylie Jenner.

 

Shame: No tienen aún el fondo de armario de Parquet Courts (inevitable comparación en la noche del domingo), pero sí un encomiable arrojo para defender su iracundo temario con la mandíbula apretada, incluso con un cambio de horario poco favorecedor. Y resultan creíbles, no deudores de una pose. De lo mejor.

 

Sleaford Mods: Justo cuando uno piensa que empiezan a repetirse como el ajoaceite y que la tosquedad de su tecno punk escuálido (por llamarlo de alguna forma) no puede dar más de sí, acaba por rendirse otra vez a la evidencia: siguen siendo totalmente necesarios. Tremendo Jason Williamson. Si este hombre no existiera, habría que inventarlo.

 

James Williamson, la mugre y la furia de Sleaford Mods, a pleno rendimiento.

 

Caroline Rose: El solazo de las siete de la tarde pareció arredrarla un poco, hasta el punto de que fueron precisamente sus canciones más reflexivas – las del último tramo de su actuación – las que mejor lucieron. Aún así, y con el pronóstico reservado a quienes ya han podido verla en una sala, fue una absoluta gozada que el fin de semana empezara con el portentoso contenido de su segundo álbum. Debería ser una de las grandes féminas del indie rock yanqui de los próximos años. Le sobran talento y descaro.

 

Toundra: Cualquiera que les haya visto ya en alguna de sus muchas paradas en festivales dará fe de lo bien que cuaja su magmático rock instrumental ante cualquier explanada. Hasta el punto de que cualquier factor sorpresa también se diluye, inevitablemente.

 

Tulsa: No terminó de levantar el vuelo la actuación de Miren Iza y su estupenda banda. Y es una lástima, porque sus últimos dos álbumes auspiciaban algo más.

 

Tune-Yards: Merrill Garbus prendió su festival dentro del propio festival. Inapelable sentido del ritmo el suyo, en otro de esos conciertos que dan valor añadido a la nómina de secundarios del FIB. Sus discos siguen brindado las mejores músicas del mundo posibles. Entre los muy destacados.

 

Two Door Cinema Club: Ninguna de sus canciones genera más entusiasmo que “What You Know” o “Cigarettes In The Theatre”, y ambas tienen siete años. Se han hecho una banda más grande y fiable, pero también más plana, del nutrido pelotón de indie pop bailable de la actualidad, prácticamente intercambiables.

 

The Vaccines: A diferencia de Two Door Cinema Club, los Vaccines sí han sabido acercarse puntualmente al patrón de Phoenix sin desnaturalizarse demasiado ni perder frescura. Tampoco inventan la rueda, pero retienen la fibra que les hizo emerger como una de las sensaciones de hace unas temporadas.

 

Justin Young, con camiseta de Roxy Music, al frente de unos Vaccines que siguen siendo factoría de vitaminados chutes de adrenalina.

 

Wolf Alice: Intenso pase el de los londinenses, reciclando modos del rock alternativo de los noventa al servicio de un repertorio – eso sí – irregular.

 

Zoé: Al igual que les ocurre a los argentinos Babasónicos – paralelismo que se extiende también a su sonido – , a los mexicanos les cuesta ganarse una nutrida base de de fans en España, pese a ser celebridades en su país y visitarnos son frecuencia. Su presencia aportó más diversidad cromática al festival, pero sonaron ligeramente desvaídos, como presas de cierta desubicación.

 

Carlos Pérez de Ziriza.

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