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Reproducimos la crónica resumen que, en dos entregas sucesivas, hemos publicado en la Cartelera Turia sobre la última edición del Primavera Sound, celebrado hace unos días en Barcelona. La foto de Grace Jones que encabeza este artículo es de Eric Pàmies.

 

Exclusivas y sutilezas

 

Se ha querido incidir en los comunicados de prensa del festival en la idea del relevo generacional sustanciado en esta edición. Algo de eso hay, porque algunos de los conciertos más destacados -y con más poder de convocatoria- han llevado la firma de músicos surgidos en este siglo (Solange, Arcade Fire, The xx, Angel Olsen). Tanto las suyas como otras actuaciones sobresalientes (The Magnetic Fields, Grace Jones o Arab Strap) han puesto la guinda a otro año de sold out anticipado, con más de 55.000 espectadores diarios (de jueves a sábado) y una presencia ya abrumadora de público extranjero (un 55%, que parecía mucho mayor en algunos momentos de la tarde noche), entre el cual -y ahí el relevo generacional sí se hacía más patente- destacaba una creciente presencia de asistentes más jóvenes, en torno a los 20 o 30 años, que ya han conocido esta cita como el gran parque temático del pop que es en los últimos tiempos, imbricado en la desbordante oferta turística de una ciudad que también parece, a su vez, otro enorme parque temático.

La heterogeneidad del cartel, desgajada del indie rock anglosajón al que nació asociado, no es ni mucho menos nueva, pero sí ha lucido con mayor exuberancia que en otras ediciones, más marcadas por el peso de ilustres veteranos en la zona alta de su alineación. Sí han sido novedad los tres conciertos sorpresa, dos de ellos de bandas no anunciadas en el cartel: Arcade Fire, Mogwai y Haim, reforzando la idea de exclusividad de la cita. Como factor distintivo este año, el triunfo sin reservas de algunas propuestas sutiles, elegantes y nada proclives al estruendo. De la insinuación sobre la arenga. O de la personalidad sobre cualquier esquematismo. A continuación, nuestra primera parte de un resumen -obligadamente- telegráfico.

The Afghan Whigs: Ni las deficiencias de sonido (vientos inaudibles, batería sin punch) arredraron a Greg Dulli, uno de los frontmen más volcánicos con los que uno pueda toparse. Dado que no era noche de florituras (ni el interludio pianístico ni algunos rescates del ensortijado soul rock en clave grunge de su primera época brillaron, ni mucho menos, como en su visita a Apolo hace algo más de dos años), hizo bien en concluir por la vía más directa, la de 1965 (1998), con “John The Baptist” y “Somethin’ Hot”, epilogadas por la torrencial “Faded”. Aún únicos.

Aphex Twin: Set altamente exigente y pétreo el que se marcó Richard D. James, más aún por tratarse de un festival. Su extenuante sesión de electrónica esquizofrénica y dislocada fue seguramente autoconsciente, ya que gozó del realce de unas proyecciones en las que se deformaban algunos rostros del público y de personajes como Carmen de Mairena, Pablo Iglesias o Chiquito de la Calzada. Un delirio capaz de noquear al más pintado.

Arab Strap: Su vuelta es una de las mejores noticias de los últimos tiempos. Ya fuera acariciando la concreción pop o sumergiéndose en sus antiguas simas emocionales, los escoceses sonaron en todo momento con una intensidad apabullante.

Arcade Fire: No news, good news. Lo mismo de (casi) siempre, pero qué forma tan incontestable de hacerlo. Nadie domina el stadium rock con la misma conjunción de opulencia y credibilidad que ellos. Tanto que se hizo extraña su aparición sorpresa del jueves en un pequeño escenario. En ella y en su concierto del sábado estrenaron sendos adelantos de su próximo álbum, que les muestran más en sintonía que nunca con la música disco.

Un momento de la actuación sorpresa de Arcade Fire en la tarde del jueves (Foto: Eric Pàmies)

 

Belako: No deja de asombrar el desparpajo con el que los vizcaínos se han amoldado a las actuaciones ante muchos miles de personas, reforzando la autonomía de un temario que bebe del post punk sin delegar en el mero revival. Siguen creciendo a pasos agigantados.

Bon Iver: Su forma de cortocircuitar el discurso folk con ritmos fragmentados y filtros de voz demandaba algo más que un guiño cómplice, más aún en la inmensidad de esa explanada bautizada popularmente como Mordor, por su lejanía y amplitud. Su gallardía, nada autocomplaciente, es de apludir, pero acabó por perfilar uno de esos bolos en los que uno entra o se queda fuera, muchas veces dependiendo de la enorme distancia que le separe del escenario. No fue fácil evitar caer en lo segundo.

Broken Social Scene: No les lastró la contraprogramación de sus amigos y paisanos de Arcade Fire con su irrupción por sorpresa. Siguen siendo esa comuna canadiense afiliada a un indie rock euforizante y de alto voltaje emocional, aunque sin muchos argumentos nuevos (habrá que estar atentos a su primer disco en siete años). La presencia de Emily Haines (Metric) y Amy Millan (Stars) siempre suma.

Descendents: Perfecto estado de revista el que lució el punk rock anfetamínico de los californianos, rebasados -con creces- los cincuenta años pero tan capaces como siempre de golpear directo a la mandíbula, como mandan los cánones del género.

El Petit de Cal Eril: Estimulante pase el de Joan Pons y compañía, con sus cálidos entramados de guitarra luciendo al sol de la media tarde.

Front 242: Amagaron con matizar su inmisericorde despliegue EBM, pero fue un espejismo: la maquinalidad marcial de los belgas cobra sentido a las dos de la mañana, aunque bordee el anacronismo.

Haim: Apenas escuchamos el primer tramo de su actuación sorpresa (anunciada por la tarde: el espacio ante el escenario Ray-Ban estaba tan repleto de gente que era casi impracticable), pero es obvio que las angelinas lo tienen todo para triunfar masivamente con su inminente nuevo álbum, del que avanzaron material.

Japandroids: Se nos hizo monótono el habitual dispendio de energía del power duo de Vancouver. Ya fuera por lo tardío de la hora, por el cansancio físico o por la pérdida del factor sorpresa. O también porque sus canciones se han ido destensando en aras de un crecimiento que busca mayores audiencias. El caso es que han perdido frescura.

Grace Jones: Impresionante su despliegue físico y su derroche de carisma, con 69 años. Aún parece venida de otro planeta. Prácticamente desnuda y con el cuerpo pintado a rayas blancas, transitó de la cadencia jamaicana, mecida por bajos graves, a su rol de disco queen con una irresistible “Pull Up To The Bumper”, prolongada hasta la locura, y una imponente “Slave To The Rythm”, agitando un hula hoop durante más de cinco minutos. Un icono que preserva su condición de bendita anomalía.

-Kevin Morby: Su versión del “Rock n’ Roll” de The Velvet Underground dejó muy claro que no tiene problemas en explicitar sus referentes, ya evidentes de por sí. Lució clase a una hora poco agradecida, ante el solazo de la tarde.

-Mishima: Tan eficientes como siempre, con un sonido robusto, también a primera hora de la tarde. Canciones como “Mai Més” o la reciente “Qui més estima” (de estirpe smithiana), de su recién estrenado álbum, funcionan en cualquier circunstancia.

-Jens Lekman: El Hidden Stage, escenario ubicado en un garage cubierto para coches y a una temperatura que quitaba el hipo, no era tampoco el mejor entorno para su delicado repertorio, pero el sueco llegaba con “Hotwire The Ferris Wheel”, “What’s The Perfume That You Wear” o rescates como “The Opposite of Hallelujah” tan bien engrasados ya después de una larga gira (a cuyo parada en París, a mediados de abril, pudimos asistir) que apenas nadie reparó en ello.

The Magnetic Fields: La omnívora e inagotable capacidad de Stephin Merritt para componer magnificas melodías, prácticamente a borbotones, tuvo en sus dos conciertos del Auditori una excepcional escenificación. Las 50 canciones de 50 Song Memoir desfilaron en dos tandas sucesivas, imprimiendo un minucioso tratamiento de orquestina de baja fidelidad a un repertorio casi tan enorme como el mejor que nunca compuso (el insuperable 69 Love Songs), entre el synth pop, las melodías de Broadway, el folk, el indie rock… un libro de estilo inextinguible, siempre abordado con su particular sentido del humor. Lujo en mayúsculas.

Van Morrison: En su línea habitual, sin derroches pero sin renuncios. Otra clase magistral, en un entorno tan poco acostumbrado a las suyas como es la gran explanada de un festival al aire libre, con clásicos como “Have I Told You Lately”, “Cleaning Windows” o “Moondance”. Belfast y Nueva Orleans, de nuevo a tiro de piedra.

Angel Olsen: La de Missouri va camino de ser algo muy grande. Mucho tienen que torcerse las cosas para que así no sea. Fue impresionante ver cómo dosificaba a su antojo la inyección emocional que cada una de sus canciones requería, llevándolas de forma sinuosa a un territorio propio en el que sus argumentos se insinuaban al ralentí hasta alcanzar cotas de intensidad apabullante, gracias a su imponente voz. Cercana pero estilosa, reverente con las escrituras clásicas pero también dispuesta a llevarlas siempre un paso más allá, demostró por qué tiene todos los números para ser la voz femenina preeminente en ese pelotón de artistas que aspiran a trascender cierta ortodoxia folk rock para convertirse en nuevos nombres de referencia. Sencillamente sublime.

Angel Olsen: en ciernes de algo muy grande, si no lo es ya (Foto: Nuria Rius).

 

Operators: Dan Boeckner (Wolf Parade) ha cambiado de registro, del indie rock de guitarras al pop sintético (el paralelismo con el trayecto de Future Islands es más que evidente), pero no ha perdido aún su pericia para expedir melodías adherentes.

Pond: Deslavazado concierto el de los australianos, sin resolver con claridad el tránsito del pop neopsicodélico que frecuentaban al synth pop de nuevo cuño -con arrebatos de prog rock pesado- al que se han querido adscribir. Demasiadas ideas no muy bien dispuestas, la verdad.

Royal Trux: Desangelado pase el de los norteamericanos, con Jennifer Herrema desganada y fuera de sitio, desluciendo su propio temario hasta el extremo de obligarnos a preguntarnos si era necesario su regreso a los escenarios, visto lo visto.

Sleaford Mods: Aunque el impacto de sus actuaciones se vaya diluyendo a medida que uno tiene ocasión de volver a verles, sigue asombrando cómo se puede decir tanto con tan pocas herramientas. Tardaron más de diez minutos en arrancar debido a problemas de sonido, pero una vez solventados, aquello fue fluido como la seda. Les llega el delicado momento de convertirse en voceros funcionariales del descontento, ahora que empiezan a vivir de esto: ¿Resolverán el conflicto?

Slim Cessna’s Auto Club: El teatrillo que se montan Slim Cessna y Jay Munly siempre funciona en escena. Divertidos y proteicos, aunque bordeen la autoparodia.

Solange: Apabullante su concierto, en las antípodas de los shows bombásticos de su hermana, con una escenografía medida, una iluminación minimalista, coreografía sencilla pero efectiva (que hubiera hecho las delicias de Jonathan Demme) y un repertorio sutil, elegante y preciso, tan vigente (la estela de Erykah Badu o Janelle Monáe) como atento a la tradición (ecos de Stevie Wonder o Prince). Y sin déficit de carisma. Deslumbrante.

Teenage Fanclub: La factoría de melodías radiantes sigue a pleno rendimiento.Sin novedades pero en forma. Y reencontrarse con “Everything Flows” siempre sabe a gloria bendita.

Kate Tempest: Pronto se vio que programarla en uno de los escenarios más pequeños y de más limitado acceso solo contentaría a quienes se plantasen allí con bastantes minutos de antelación. No fue nuestro caso, así que solo pudimos atisbar su potencial, que se intuye- desde la lejanía casi kilométrica- enorme.

Elza Soares: Autofirmación de género y de raza de la brasileña en el Auditori, con casi 80 años, al mando de una banda que despachó funk y samba desde una óptica siempre inquietante y oscura, distante de lugares comunes y exigente con el espectador.

Surfin’ Bichos: Ni el calor ni el retumbar del sonido a hormigón del Hidden Stage pueden deslucir un reprertorio tan sobresaliente como el suyo, el de Hermanos Carnales (1992), con canciones como “En otoño” o “Abrazo en un terremoto”, al que no solo insuflan nueva energía: también aportan nuevos matices.

Survive: Puesta en escena a lo Kraftwerk (sus cuatro miembros alineados y parapetados tras sus teclados) para un discurso que enlaza con maestría con los scores de peliculas de ciencia ficción (dos de sus miembros compusieron la música de la serie Stranger Things), aunque quizá demasiado lineal y expuesto de forma muy estática para tan altas horas de la noche.

Weyes Blood: No pudimos ver su concierto entero, pero sí dio la impresión de que el escenario redimensiona el poder de evocación de sus canciones.

The xx: Cuánto bien les hizo la edición del In Colour (2015), de Jamie xx, su cerebro en la sombra y responsable de su maquinaria rítmica. El trío resuelve con naturalidad en escena ese tránsito del minimalismo austero y casi monocromo de sus dos primeros discos a la sensualidad luminosa del tercero. Y además, como abrumados por el recibimiento, con esa aparente ingenuidad -que aún reconforta ver- de quien se sorprende de su propio éxito. La de quien no espera que un argumentario tan íntimo pueda calar en tanta gente.

Carlos Pérez de Ziriza.

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