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Este es nuestro artículo sobre Bohemian Rhapsody, la película de Bryan Singer sobre Queen, que hemos publicado esta semana en las páginas de la Cartelera Turia.

 

Hay tres instantes en el biopic dirigido por Bryan Singer que definen musicalmente a la perfección cuál fue la progresión de Queen como banda: son los que corresponden a la gestación de las canciones “Bohemian Rhapsody”, “Another One Bites The Dust” y “We Will Rock You”.

La primera se convirtió justo en la composición que necesitaban para saltar la banca y despuntar con personalidad propia entre la pleamar de estilos en boga (glam rock, progresivo, sinfónico, hard rock, heavy metal) que anegaban la escena del rock británico en el mismo ecuador de los años setenta. Ni los más irreductibles detractores de la flagrante desmesura de Freddie Mercury y los suyos podrán negar la audacia formal de una composición que, planteada como inverosímil single de casi seis minutos (pese a los excesos formales de la época, esa duración era más que temeraria para sonar en la radio), brindaba una intro, una mise-en-scène en forma de balada sentimental al piano, un pasaje cuasi operístico, un robusto apuntalamiento a lo macho rock y una coda final. Su productor, Roy Thomas Baker (quien años después supervisaría los cuatro primeros álbumes de The Cars), ha explicado el proceso en más de una ocasión, pero en la película queda bien reflejado el temerario empeño de Mercury (pistas repetidas hasta la extenuación, interpretación rayando en los histriónico, presupuesto desbordado) por plasmar en el estudio aquel totum revolutum que le rondaba la cabeza. El órdago valió la pena, porque “Bohemian Rhapsody”, pese al desdén del grueso de la crítica – que la consideró un pastiche pretencioso – , se convirtió en el primer número uno británico (y Top 10 norteamericano) de su carrera, a finales de 1975. Pertenecía a su cuarto álbum, ya desafiante desde su título: A Night at the Opera (1975). Les singularizó como ninguna otra canción.

Por lo que respecta a la segunda, “Another One Bites The Dust” (1980), hay un silencio más que revelador en la secuencia que ilustra su génesis: cuando Brian May, Freddie Mercury y Roger Taylor le preguntan al unísono a John Deacon de dónde ha sacado esa línea de bajo tan elástica y resultona, este se queda mudo. Igual de mudo que en las últimas décadas, por cierto, en las que es el único ex Queen que se ha abstraído del mundo, negándose a seguir exprimiendo las exequias reales. El mutis es significativo porque con él se ahorra tener que explicar que aquella totémica línea de bajo la tomó prestada del “Good Times”, de Chic, uno de los grandes himnos de la música disco. Y tampoco fueron los primeros: Sugarhill Gang también la fusilaron para tramar su “Rappers Delight”, considerada la primera gran pieza de hip hop de la historia, en 1979. Sea como fuere, aquella canción oficializó la querencia puntual de Queen – no sin reservas iniciales – por la música disco, algo que para entonces ya habían hecho los Rolling Stones, Kiss, Rod Stewart. Elton John y Paul McCartney con sus Wings. Y evidenció su palpable ausencia de prejuicios, que en su caso (y es una de las claves de su éxito) rayaba la absoluta falta del mínimo sentido del ridículo. Si hay algo que diferencia a Queen de sus alumnos más aventajados (como Muse), es su sentido del humor. Y no hay mejor humor que el que empieza por saber reírse de uno mismo. Como la historia del pop y del rock es un trayecto de ida y vuelta, sería una línea de bajo de patente propia, la de “Under Pressure” (aunque nunca sabremos hasta qué punto David Bowie participó en su perfil final), la que sería sampleada por una estrella del hip hop años más tarde: lo hizo Vanilla Ice en su “Ice Ice Baby”.

Y en tercer lugar, “We Will Rock You” (1977), que fue compuesta por Brian May – y así queda plasmado en el film – como un intento por darle a su público un himno colectivo, una canción que pudieran corear en un gran estadio junto a la banda, y que además le sirviera a su parroquia como comodín para no tener que arrancarse con el “You’ll Never Walk Alone” a la hora de pedir un bis. Obviamente, muestra (al igual que “We Are The Champions”, su hermana gemela) a los Queen más auto conscientes de su propio éxito, retroalimentándose del fervor de su público. Tanto la una como la otra han sido reproducidas miles de veces por la megafonía de cualquier estadio de fútbol, convertidas – sobre todo la segunda – en himnos oficiosos en cualquier gran competición, hasta rozar el hartazgo de los lugares comunes repetidos hasta el infinito y más allá.

En cualquier caso, ambas sustentan el momento cumbre de la actuación de la banda en el Live Aid de Wembley en julio 1985, uno de los directos más recordados de la historia (formaban parte de una retransmisión emitida para más de mil millones de personas) y punto álgido de la película. También su punto y final: la habitual secuencia pobreza-ascenso a la fama-espiral de drogas y alcohol-caída en desgracia-redención final del biopic rock al uso – porque no otra cosa es esto – justifica su elección como clímax final, pasando por alto la triada crepuscular de Queen, la formada por los exitosos A Kind of Magic (1986), The Miracle (1989) e Innuendo (1991), justo antes del fallecimiento de Mercury en noviembre de 1991, tan solo 48 horas después de haber anunciado al mundo lo que ya era un secreto a voces, su enfermedad fatal.

Carlos Pérez de Ziriza.

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